Mostrando entradas con la etiqueta Cine Español. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cine Español. Mostrar todas las entradas

martes, 27 de septiembre de 2016

CRÍTICAS (XVIII): "El Hombre de las Mil Caras", de Alberto Rodríguez

El Hombre de las Mil Caras. España, 2016. 123 minutos. Director: Alberto Rodríguez. Reparto: Eduard Fernández (Francisco Paesa), Carlos Santos (Luis Roldán); José Coronado (Jesús Camoes), Marta Etura (Nieves Fernández, esposa de Roldán). Guión: Alberto Rodríguez & Rafael Cobos, inspirados por la novela Paesa, El Hombre de las Mil Caras, de Manuel Cerdán. Música: Julio De la Rosa. Fotografía: Álex Catalán. Montaje: José M. G. Moyano. Dirección Artística: Pepe Domínguez del Olmo. Maquillaje y Peluquería: Yolanda Piña. Vestuario: Fernando García. Color.




INTRODUCCIÓN

El 27 de febrero de 1995 era lunes de Carnaval. Lo recuerdo porque fue la primera (y última) vez que me puse al volante de un coche, con resultados insatisfactorios; y porque fue la tercera vez que me puse el disfraz, home made, de Álex, el de La Naranja Mecánica. De esta guisa vislumbré en la tele de un bar la noticia de la detención de Luis Roldán. La fuga del director de la Guardia Civil bajo el moribundo gobierno de Felipe González (Poco más de un año después perdería las elecciones con estrépito en favor de Aznar y su tropa), se había convertido en un sainete. Me imaginaba todos los presentadores de telediarios de todas las televisiones del mundo emitiendo una risa nasal y contenida tras pronunciar la palabra España. Aún me lo imagino.
Creo que muy poca gente sabía el trasfondo del caso. Roldán era algo así como un esperpento, como la encarnación de la pérdida de respeto hacia el pueblo, los polvos de los lodos de hoy. Roldán se había inventado un currículo para justificar su ascenso gracias a, opción A: amiguetes; opción B: Marionetistas que, con criterio, lo consideraron un tonto útil. El caso es que Roldán se vio acorralado y se fugó con 1.500 millones de euros públicos. Con éso y con la cabeza llena de miedo y venganza. 
Francisco Paesa. Un sinvergüenza castizo. Un patriota de postal. Un hombre sin raigambre. Colaboró con la dictadura de Guinea Ecuatorial, estuvo preso en Suiza, y, como premio pero también como lastre, fue incorporado a los servicios secretos españoles. Traficaba con armas y se vendía al mejor postor. Suministró armas a ETA al tiempo que ejercía de pivote en los GAL (Para los más jóvenes, un grupo militar formado por el gobierno para derrotar a ETA con las armas). Huidizo. Ególatra. El hombre que engañó a todo un país. Dio cobijo a Roldán en varios pisos francos en París, al tiempo que pergeñaba una traición que desembocó, A: en la detención de Roldán en Bangkok y B: el fin de la carrera fulgurante de Alberto Belloch, ministro de justicia y designado como sucesor de Felipe González. 

EDUARD FERNÁNDEZ... Y POCO MÁS

He de confesar que fui a ver El Hombre de las Mil Caras por dos razones fundamentales. La primera, por Eduard Fernández, quizás el mejor actor español vivo junto a Francesc Orella, un goce para cualquiera que le guste el cine. Siempre por encima del 7. Verlo, por ejemplo, en Todas Las Mujeres, seguramente su mejor papel, es un placer.


                                          https://www.youtube.com/watch?v=YSYsDf3ugQQ

La otra razón es que aún tenía en la cabeza lo bien que me lo había pasado viendo La Isla Mínima (crítica aquí http://cineparadiasterribles.blogspot.com.es/search/label/La%20Isla%20M%C3%ADnima). Quise comprobar si aquel pulso narrativo, aquel montaje, aquella excelsa fotografía... se repetían. Alberto Rodríguez volvía a trabajar con el mismo equipo, y eso parecía augurar un buen rato.

En cuanto a lo primero, a Eduard Fernández, pues es lo mejor de la película, aunque suene a tópico. Acaba de ganar la Concha de Plata en San Sebastián y probablemente le aguarde el Goya. Pero, también hay que decirlo, no es su mejor papel. No porque esté peor que otra veces, sino porque el ritmo de la película, el montaje, y la narración no le favorecen.


                                          https://www.youtube.com/watch?v=wTqsaZ79xk8

Fernández es un maestro de la dicción. las escenas breves no le favorecen. Es un maestro del gesto. Las escenas breves no le favorecen. Y, como las estrellas del deporte, brilla más al lado de gente que le pueda enriquecer. Vamos a ver si nos enteramos: que Coronado esté de Oscar en No Habrá paz para los Malvados no quiere decir que sea un buen actor. ¿Por qué hay que aguantarlo ahora en todas las películas españolas main stream? Es lento, no ha aprendido a vocalizar y tiene uno o dos registros de miradas. Es como poner a Messi a jugar junto a un centrocampista de Segunda B. Coronado frena todo el flujo actoral de Fernández que, no obstante, es tan grande, que consigue salvar el escollo. Carlos Santos, el actor que interpreta a Roldán, hace lo que puede. No está nada mal, aunque su escuela hayan sido series como Los Hombres de Paco o El Chiringuito de Pepe. Gran trabajo vocal, pero repite tics que deslucen su trabajo.

¿CÓMO CUENTO YO ESTO?

Era inevitable que Rodríguez rodara algo parecido a El Hombre de las Mil Caras. Tras reflejar en La Isla Mínima esa sutura floja con la que se cosió la transición, ese germen de la degradación de la que ahora (algunos) nos quejemos, estaba cantado que el director sevillano acometería una suerte de continuación. Un poder casi omnímodo, sustentado por los que lo sustentan todo: Europa y Estados Unidos (dinero y propaganda internacional, los Juegos Olímpicos, la Expo, la UE, retiros dorados y puertas giratorias, a cambio de que abandonen el marxismo y el socialismo. Estoy oyendo la conversación), tenía por fuerza que desembocar en una proliferación de redes tejidas por los de siempre, por los mismos canallas y advenedizos de siempre. El estado como hucha. El pueblo como espectáculo de títeres. Quizá Rodríguez complete su trilogía con una película sobre la asimilación de toda esta mierda por parte del pueblo hasta meterse en un pantano hasta la ingle. 
Pero, ¿Cómo contar esto? Para empezar, me molesta la voz en off, máxime si la voz es la de Coronado. No sé por qué el hecho de que sea una adaptación obliga a que haya una voz en off. No siempre es acertada. Luego, me da la sensación de que Alberto Rodríguez duda durante el rodaje de cómo contar la historia. Empieza como un misil, con un montaje tan ágil como un trapecista. Pero el tono de la película no casa con un montaje de cine de acción o de thriller. Es una película, en realidad, de espías. Esas en las que el montaje lo es todo y en las que siempre llueve (por cierto, en esta llueve poco. Si mal no recuerdo, sólo cuando Roldán se saca las fotos de carné en el fotomatón). El ritmo es irregular, quizá porque al director le pedía el cuerpo otro tipo de película. No lo sé, pero la película se atraganta. Además, he de confesar que en las películas de espías hay un momento en el que me pierdo y ya no entiendo las tramas, las subtramas, las estrategias... me pierdo. Y con El Hombre de las Mil Caras, también. Hay algo erróneo en la narración. Es algo intangible que lo enmaraña todo. Así que le sobra, al menos, un cuarto de hora.

COROLARIO

El Hombre de las Mil Caras recupera una historia que resultó dinamitar a un gobierno atrapado por sus contradicciones. ¿Estaba olvidada? Sí, borrar esas cosas es fácil. ¿Quién sabía que Roldán salió de la cárcel hace once años? ¿Quién sabía que Paesa se había "muerto" en 1998? ¿Quién sabía que a sus 80 años posa en portadas de revistas de moda? Todo es polvo y tiempo. Polvo y tiempo. 

viernes, 3 de junio de 2016

CRÍTICAS (XVII): "Esa Sensación", de Cavestany, Hernando y Génisson

Esa Sensación. España, 2105. 80 minutos. Directores: Juan Cavestany, Pablo Hernando y Julián Génisson. Reparto: Lorena Iglesias, Vito Sanz, Jorge Suquet, Miquel Insua, Juan Antonio Lumbreras. Guión: Juan Cavestany. Música: Aarón Rux. Montaje: Raúl De Torres. Fotografía: Juan Cavestany, Pablo Hernando y Julián Génisson. Color.


INTRODUCCIÓN

En una ciudad de 300.000 habitantes como Gijón, tan sólo unas cuarenta personas habremos visto en una sala Esa Sensación. Es el signo de los nuevos tiempos cinematográficos. Todo se ha banalizado. Si la sala no huele a hamburguesas, tacos mejicanos o palomitas (el mal menor), la gente huye. No interesan ya las sensaciones. Sólo las imágenes. Los poderes fácticos, que existen a pesar de que ellos mismos insistan en decir que no existen, nos han llevado a conocer mejor nuestro salón que nuestra ciudad. Nos han llevado a formar una familia. Nos han llevado a desconfiar. Nos han llevado a no pensar. No consuma. Mire: necesitamos más población pero más empobrecida. Que la brecha se agrande. Usted entreténgase con las redes sociales y la (mierda) de televisión que le ofrecemos. No salga. No salga. No salga de casa. Su gran triunfo es conseguir todo esto sin que nadie lo cuestione. Es la venganza del hombre de orden. 

Ya nadie pasea. Todo el mundo corre. 

Esa Sensación, que habla de todas estas cosas, se estrenó oficialmente en el pasado Festival de Málaga, en octubre, pero no se ha distribuido hasta hace quince días. A Gijón ha llegado gracias al ciclo Laboral Cineteca , una iniciativa al alimón entre el Gobierno del Principado y el ex director del FICX, José Luis Cienfuegos, ahora director del Festival de Cine de Sevilla. El gobierno local tachó el proyecto de "competencia desleal" al FICX. Vamos, que lo habían hecho para tocar las pelotas. Hombre, algo de cierto hay, pero lo que debería saber el gobierno local es que el cine es cine. Y los usuarios lo agradecemos. Nos da igual de dónde venga. Hay que ampliar un poco las miras, por favor. 

NUEVO LENGUAJE

Tres historias que se entremezclan. Tres directores con autonomía. Ya el enfoque es novedoso. Pero más lo es el lenguaje narrativo. Aviso: ver Esa Sensación no es un ejercicio fácil. Yo lo reconozco: durante los primeros minutos llegué a pensar: "¿Quién me habrá engañado a mí para pagar por esta memez?". Porque el arranque es un híbrido entre una película con ambiciones y una colección de chistes de esos que ahora hacen gracia, ese humor "pijo", ahora llamado "hipster". Ese ingenio propio de un canguro. Sin embargo, la película va desarrollándose, con un lenguaje muy en consonancia con esa nueva manera de narrar del cine español cuyo origen yo situaría en la gigantesca Smoking Room, de JD Wallowits y Roger Gual.


                                           https://www.youtube.com/watch?v=TVecJqpSR3M

El paradigma del cine ha cambiado. Los americanos siguen haciendo grandes películas pero, al menos Hollywood, ya no es la meca del cine. Existe una nueva generación de autores, también en España, que ha sabido plasmar la auténtica tragicomedia que es vivir. Historias que nos atañen, que nos definen, que cuentan esa sensación tan placentera pero tan aterradora que causa no entender el mundo. La épica somos nosotros. Esa nueva concepción del cine es en la que se enmarca Esa Sensación. Con primerísimos planos, con los silencios adecuados, con una fotografía diáfana que muestra incluso los poros y los vellos, con una estructura narrativa que sabe dónde colocar un chiste... la película comienza a dejar poso en el espectador. Una especie de prurito por saber dónde terminará cada historia. No cómo, sino dónde.


                                          https://www.youtube.com/watch?v=oZL4RGuH_LI

Una mujer que se excita sexualmente con los objetos, si son piedra y metal mejor, y hace el amor con un puente. Un virus que se propala por la ciudad y fuerza a la gente a decir majaderías en el momento menos apropiado. Un agente inmobiliario que se convierte al catolicismo. Esas son las tres historias que cuentan Cavestany, Hernando y Génisson. Una historia que nació de un fracaso, la obra de teatro Tres en Coma, dirigida por Cavestany y Génisson, y a cuyas representaciones no asistió "ni el Tato", lo que les espoleó para adaptarla parcialmente al cine. La actriz gallega Lorena Iglesias, cantante, cómica y monologuista, una currante de la actuación, era una de las protagonistas de Tres en Coma, y ofrece en Esa Sensación una de las interpretaciones del año. Sin una línea de diálogo es increíble el torrente de emociones que logra transmitir. Iglesias, como Génisson y Aarón Rux (el compositor de la banda sonora), conforman el trío Canódromo Abandonado, que ha hecho de Youtube el escenario de sus números cómicos. 
La película tiene ese aire cooperativista, el mismo que tenía Arrebato o las primera de Almodóvar. Y en realidad es así: todos han hecho de todo. Sin embargo, Esa Sensación no pierde empaque. Al contrario: las tres historias van paulatinamente entretejiéndose, a pesar de que en el punto de partida parecen lejanas en el tiempo y en el espacio, hasta desembocar en un desasosiego que parece extenderse como una plaga.
Esa Sensación tiene un cierto recubrimiento de involución. Muestra a los personajes como imbuidos de un robotismo que todos alguna que otra vez hemos pensado de los demás e, incluso, de nosotros mismos. Los personajes han perdido su voluntad: todo lo que hacen está enfocado a alimentar ese nuevo subconsciente colectivo que, desengañémonos, marca el ritmo de nuestros días. Nunca hemos estado tan cerca y a la vez tan lejos de los demás. Los tres personajes principales, no obstante, experimentan una epifanía a través de algo tan banalizado ahora, pero tan trascendental en nuestras vidas como son las fotografías: una foto que les transporta a aquel pasado humano y repleto de sensaciones. De esas sensaciones que son el eje de la película.

COROLARIO

La crítica especializada y oficial ha flipado con la película. Muchos la catalogan de obra maestra. Yo debería verla otra vez para poder definirme. Lo que tengo claro es que, como ocurre con las películas que cuentan cosas y transmiten emociones, salí de la sala con la cabeza absolutamente despejada. Tan despejada que no dejaba de preguntarme qué diablos estoy haciendo con mi vida. Desconcertado. Sí, esa es la palabra. Y pocas películas lo consiguen. 

viernes, 10 de octubre de 2014

CRÍTICAS (V): "LA ISLA MÍNIMA"

La Isla Mínima. España, 2014, 105 minutos. Dirección: Alberto Rodríguez. Reparto: Javier Gutiérrez; Raúl Arévalo; Nerea Barros; Antonio De la Torre; Jesús Castro; Manolo Solo; Jesús Carroza; Cecilia Villanueva; Salvador Reina; Juan Carlos Villanueva. Guión: Alberto Rodríguez & Rafael Cobos. Música: Julio De la Rosa; Fotografía: Alex Catalán. Montaje: José M. G. Moyano. Color. 



INTRODUCCIÓN

Alberto Rodríguez es un director áspero, pero con clase. Es áspero, porque los temas que elige lo son. Pero tiene elegancia a la hora de ponerlos en escena. Es un director español diferente: pocos, hasta ahora, habían descrito la lucha del individuo contra el mundo que le rodea de manera tan sedosa. Es esa mezcla la que hace que películas como Siete Vírgenes o Grupo 7 sean tan atractivas.
En La Isla Mínima, Rodríguez narra un hecho tan aberrante como el secuestro, violación, tortura y asesinato de dos adolescentes con un estilo tan etéreo que parece que estemos asistiendo a un documental sobre París. En este sentido, y no parece una idea tan descabellada, la película me recuerda a Chinatown, la obra maestra de Polanski. Una película violenta, sí, pero en la que tan sólo se oye un disparo y es al final. Como Jack Nicholson, los detectives que investigan el caso en la obra de Alberto Rodríguez pasean por los vericuetos de su conciencia antes de encarnizarse en encontrar al culpable.

MARISMAS DEL GUADALQUIVIR, AÑOS 80

El director sevillano llegó a reconocer que el guión primigenio se desarrollaba en la actualidad (sería curioso ver el resultado si se hubiese rodado ese texto. Me imagino una película aún más ambiciosa). Sin embargo, una vez terminado, Rodríguez vio que aquéllo no funcionaba. Nunca ha aclarado por qué. Así que reescribió el guión situándolo en la España de los primeros años 80. Una España en plena confusión, y con el franquismo aún latente, incluso más que hoy en día. El guión es magnífico y, como todos los guiones magníficos, tiene un par de fallos de difícil deglución, aunque finalmente se evaporan por el peso del resultado final. El pueblo de las Marismas del Guadalquivir en el que se desarrolla la acción está en plena ebullición. Los jornaleros se rebelan contra un patrón arbitrario y clasista. La fábrica de cangrejos está a punto de echar el cierre. Hay demasiado resquemor en el pueblo. Todos sospechan de todos. Cualquiera puede ser un confidente de la Guardia Civil o, peor aún, de ese poder omnímodo e invisible que parece dominar toda la película.
Y, en eso, un doble asesinato. Es un caso peliagudo. Dos adolescentes han desaparecido. No es la primera vez que pasa en el pueblo. Hay un extra: el drama se ha producido en lo más profundo de España: una extensión ingente de arrozales, pantanos y una fauna tan extraña como lo son los mismos habitantes de un pueblo subdesarrollado. Es un marrón, vamos. Así que la policía elige a dos detectives expedientados: uno, franquista y frío (Javier Gutiérrez), por emplear métodos de la brigada político-social (la Gestapo de Franco) en los interrogatorios. El otro, de izquierdas y confuso (Raúl Arévalo) por, probablemente, haber filtrado detalles de investigaciones a El Caso. Sin embargo, hay que estar muy atentos a un detalle: un habitante del pueblo pone en duda que el personaje de Gutiérrez haya recibido un castigo, sino que apuesta a que se le ha otorgado el caso porque es sobrino del juez Andrade, el que sigue las diligencias de la investigación. Un detalle que será importante posteriormente para desentrañar la película.


DOS VISIONES 

La Isla Mínima puede verse desde dos ópticas. Si usted ha tenido un día ajetreado, o una semana ajetreada, o una temporada ajetreada, y quiere ir al cine a evadirse, la película de Alberto Rodríguez le da esa opción. En efecto, La Isla Mínima puede verse como un thriller convencional, con un asesinato, una investigación, y un desenlace con el hallazgo de unos culpables. Momentos de tensión, de duda, de delirio, de venganza... todos los ingredientes de una película policíaca. Si se visiona desde este punto de vista, La Isla Mínima resulta porque entretiene.
Sin embargo, subyace algo mucho más grande de esta historia. Ni más ni menos que los entresijos de cómo funciona, no ya la España de los 80, sino la España actual y así el mundo. La gran interpretación de Javier Gutiérrez, Concha de Plata en San Sebastián y favorito para los Goya, extiende un abanico de posibilidades que enriquecen la película. Sus miradas, sobre todo con los padres de las víctimas (remarcable la interpretación de Nerea Barros, una compostelana que en la película parece haber nacido en las marismas mismas), invitan a pensar que él ya ha estado allí anteriormente. Hay un matiz de complicidad no sólo con la madre de las chicas, sino también con su marido. Y comienza entonces la historia "no oficial" de la película. ¿Y si ese policía ha sido enviado allí precisamente para entorpecer la investigación? Recordamos que es familia del juez que se encarga del caso. La sibilina interpretación de Gutiérrez, soberbio en el lenguaje gestual y corporal como gran actor de teatro que es (aunque sea conocido por su papel en Águila Roja) comienza a dar pistas, también sibilinas. Brutal en los interrogatorios, aunque siempre con personas que poco o nada tienen que ver con el asesinato. Manso con los poderosos. Comienza a subyacer un entramado complejo en el que demasiadas personas importantes parecen estar implicadas en el caso. Se apunta a los capos de la droga, a jueces, a terratenientes... el statu quo, en fin, de un pueblo que, en realidad, es metáfora de todo el mundo. De un poder que no se puede tocar. Una maniobra que necesita de mansos como el policía que interpreta Javier Gutiérrez, que incluso da la impresión de introducir pistas falsas para encauzar la investigación hacia un fin en el que, ¿quién sabe?, quizá paguen justos por pecadores. Pero puede que no...
En este punto, el policía que interpreta Raúl Arévalo se convierte en el protagonista de la película. Agente joven, con ideas frescas, progresista, que apuesta más por el diálogo que por la fuerza bruta en los interrogatorios. Un policía confuso, impotente ante los giros inesperados que toma el caso. Desentraña la historia a través de un periodista de El Caso que cubre la investigación. Le filtra detalles a cambio de que el plumilla le suelte antecedentes de su compañero. Se van descubriendo cosas feas. Un pasado turbio. Un pasado, en suma, de mansedumbre con los poderosos. Nada ha cambiado. El drama del personaje de Arévalo no es que la investigación se cierre aparentemente en falso cuando parecía tocar la verdad con los dedos, sino que progresivamente se va convirtiendo en su compañero. El personaje de Gutiérrez es un animal solitario, frío, enfermo del riñón, alcohólico, violento, brutal, amargado. El personaje de Arévalo comienza de manera enérgica, con una persecución de velocista tras un sospechoso, y termina mustio, desquiciado, exangüe y, finalmente, también brutal. Ese es su drama. Es imposible luchar contra el sistema. O te integras o mueres. El drama, en fin, del ser humano.

INTERPRETACIONES Y TÉCNICA

La Isla Mínima es una muy buena película por dos factores clave en el cine: la conjugación de interpretación y técnica. En cuanto a lo primero, Javier Gutiérrez se come la película. Una interpretación de matices, de miradas, de gestos, de movimientos... una interpretación de enjundia. Tanto, que un policía fascista, violento y alcohólico resulta hasta agradable. Y eso está al alcance de pocos. A su lado, Raúl Arévalo está correcto. Tiende Arévalo a creerse aquello que alguien dijo un día de que es el Sean Penn español. Tiende a la mímica y, en ocasiones, parece un personaje más de la troupe de La Hora Chanante. Pero tiene algo este actor, seguramente algo antropomórfico, que lo hace distinto. No desentona ante el gigantesco Gutiérrez. Los secundarios, todos muy bien. En cuanto a lo segundo, amén de la dirección de producción, que consiguió ambientar la película en un escenario tan complicado como las Marismas del Guadalquivir, está la maravillosa fotografía de Alex Catalán. Un prodigio: desde las imágenes aéreas de la zona hasta la dificultad de los enormes cambios de luz y de textura entre zonas exuberantes y lugares casi desérticos. La luz es un personaje más de la película.
Y luego está Alberto Rodríguez, un director con nervio, con mucho cine en sus retinas, y eso se nota, y con una sensibilidad muy especial para este oficio.
Las cosas del márketing ya se han encargado de nombrar a La Isla Mínima la mejor película español del año. Yo no lo sé porque no las he visto todas (en San Sebastián, por ejemplo, perdió la Concha de Oro en favor de otra película española, Magical Girl, de Carlos Vermut) pero, si no es cierto, al menos está muy cerca de serlo. 

martes, 1 de abril de 2014

UNÍOS Y VENCERÉIS (V): ATRACO A LAS TRES

España, 1962. 96 minutos. Dirección: José María Forqué. Reparto: José Luis López Vázquez (Fernando Galindo), Cassen (Martínez), Gracita Morales (Enriqueta), Manuel Alexandre (Benítez), Agustín González (Cordero), Alfredo Landa (Castrillo), Manuel Díaz González (Don Prudencio), José Orjas (Don Felipe), Katia Loritz (Katia Durán). Guión: Vicente Coello, Pedro Masó & Rafael J. Salvia. Música: Adolfo Waitzman. Fotografía: Alejandro Ulloa. Montaje: Pedro Del Rey. Dirección Artística: Antonio Simont. Glorioso Blanco y Negro. 



INTRODUCCIÓN

No son buenos días. Me veo en la obligación de ceñirme al título de esta bitácora anárquica: Cine para Días Terribles. Algunos, en efecto, son más terribles que otros. Y llega aquí la pregunta: ¿Tiene el cine la capacidad de curar? Ojalá. Ojalá ver una película que cuente cosas llegase a mitigar el dolor. De lo que estoy seguro es de que el cine alivia. Alivia el corazón y resetea el alma. Si tras ver una película el corazón no canta y no nos sentimos como iluminados por dentro, esa película no merece la pena. Decía en el anterior capítulo, el dedicado al musical, que veo Cantando Bajo la Lluvia cuando estoy triste. Ese alivio dura acaso un instante, pero el bienestar permanece en nuestras coyunturas, en nuestros hilvanes, en nuestras comisuras, que siempre han sido y siempre serán. De lo que estoy seguro es de que una ciudad sin cines es una ciudad menos sana. De que una casa sin películas es una casa más triste. Hay que ir al cine. Hay que ver películas. Películas como Atraco a las Tres, que es pomada para días terribles.

LA HABILIDAD DE FORQUÉ

José María Forqué ha pasado a la historia por ser uno de nuestros más grandes directores, versátil, en ocasiones incómodo y, sobre todo, hábil. En sus inicios coqueteó con el cine de propaganda, pero según adquiría cierto prestigio en la industria, comenzó a realizar películas más comprometidas. Lejos de los dogmas "militantes" de la época, Forqué abogaba por realizar películas en las que, bien reclamaba una reconciliación nacional imposible, bien, de manera sibilina, una justicia social aún más imposible. Compromiso, denuncia, pero también ironía, que es el mejor camuflaje para las ideas "molestas", fueron las señas de identidad del director zaragozano. Recordemos la gran Amanecer en Puerta Oscura, Oso de Plata en Berlín, y una alegoría de la justicia social que escaseaba y vuelve a escasear en estas Españas nuestras. Disfrazada de las andanzas de un grupo de bandoleros, la ironía llega cuando el Nazareno de la procesión de Jesús El Rico, en Málaga," indulta" al romántico ladrón interpretado por Paco Rabal.

     
                              

Así ocurre en Atraco a las Tres. En su estreno se la emparentó con la moda de películas que había iniciado la francesa Rififí, versioneada luego por Mario Monicelli en Rufufú (superior esta última a la original), y que consistían en el robo de un banco o de una joyería por parte de ciudadanos comunes (Rufufú fue homenajeada por Woody Allen en Granujas de Medio Pelo). Sin embargo, el motor de Rufufú es la venganza y el de Rififí la picardía. El de Atraco a las Tres es, por el contrario, el intento de supervivencia de unos empleados de banca hartos de la rutina, de la burocracia, de un aislamiento que es el de toda España. Habilmente, Forqué convierte la historia cómica de unos desventurados en una sátira desesperanzada e hiriente de la realidad grisácea de aquellos años. Disparar contra la dictadura hubiese sido demasiado simple. Forqué dispara contra los españoles, los medrosos, impávidos e inmóviles españoles. Eso sí que es una sátira.

Unión "a la española"

Somos curiosos los españoles. Ocupamos los primeros puestos de la clasificación general de la solidaridad, quizás a causa de un impulso católico, una pátina de caridad. Si sirve, bien está. Sin embargo, no somos capaces de hacer nada unidos. Salimos a la calle si nos bajan al equipo a Segunda o si los árbitros nos pitan dos penaltis seguidos, pero el recrudecimiento de la pobreza nos la trae al pairo. A veces, como quizá también entendió Forqué, tenemos lo que nos merecemos. Nos cuesta unirnos y, aún más, ofrecer soluciones. A excepción de honrosísimas excepciones, España es una nulidad en cuanto a pensamiento crítico. A nosotros lo que nos gusta es presumir de esos axiomas tan falsos como deprimentes: "Como en España no se vive en ningún sitio" "A mí que no me quiten el jamoncito y la paella". "Vaya sol y vaya playas que tenemos". Oiga: métase el jamoncito por donde amargan los pepinos. 
Nos cuesta unirnos. De hecho, ese Atraco a las Tres más parece una cuenta que nunca termina que una hora fijada para el atraco. Atraco a la una, a las dos, a las tres, a las tres y medio, a las tres y tres cuartos... Nos cuesta tomar decisiones. Y a los que las toman, o a los que se atreven a insinuarlas, caña. Fernando Galindo (por cierto, Galindo es el segundo apellido de José María Forqué) se atreve a poner sobre el papel un plan para desvalijar el banco en el que trabaja y tener una vida mejor. Sí, es una canallada, pero es que el director del banco es un canalla. 


                                   

Más que un canalla, Don Felipe es el prototipo de mamporrero, ese que en España suele llegar alto. Engolado, temeroso de dios y de los hombres, que ejerce su poder porque alguien le ha dicho que lo haga. Al pobre Don Prudencio lo han jubilado por creer que el dinero es un bien común y que con él puede ayudar a los que más lo necesitan. Que puede dar créditos que dan una lámina de esperanza a quienes los reciben. Don Prudencio es fulminado en algo así como un golpe de estado. La decisión sulfura a los empleados. Algo hay que hacer, y ese algo es un atraco, un ataque al sistema. 


                                    

El reparto es grandioso. Todos los tópicos están representados: el gallito, torpe y soñador Galindo. El miedoso Castrillo, la descarada Enriqueta, el pragmático Cordero, el descreído Benítez. Y ese personaje alocado, rayano en la esquizofrenia, absolutamente delirante, que es Martínez, el chico de los recados que interpreta Cassen. Toda España en seis personajes. 
El plan suena bien, pero desde el primer momento se sabe que será una chapuza, como no podía ser de otra manera. Eligen para conducir el coche al único que no sabe conducir. Le quitan al hijo de Martínez las pistolas de juguete que le han traído los Reyes para simular revólveres. Todo es improvisación. Además, el objetivo no es noble. En realidad, la insurrección lleva implícita desplumar a los clientes del banco por llevar una vida de estrellas de cine. Soñar es lícito. Siempre. 

Un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo

Todo se tuerce cuando entra en escena Katia Durán, una cabaretera que obnubila a Galindo. Ingresa sumas enormes en el banco. Para Galindo es el confeti de las fiestas a las que nunca podrá ir, el champán de las cenas de gala, esa otra vida, quizá sobrevalorada pero, qué diablos, vida al fin y al cabo. 


                                  

Esa España servil y melindrosa, que babea ante lo que llega de fuera, mutilada y masoquista, se encarna en la actitud del empleado de banca. Al final, todo es celofán, y Katia no es más que el gancho de una banda organizada que atraca el banco a la misma hora que los pobres empleados. Esa fatalidad carpetovetónica, esa negrura en el horizonte, es lo que termina por frustrar los sueños de unos personajes que somos nosotros, que vuelven a su monotonía y a su burocracia y a su tedio, y a esperar que las cosas mejoren solas. Vuelven a su resignación de buen ciudadano.


Corolario

Un reparto como el de Atraco a las Tres asegura una comedia con galones. La película tiene gags memorables, pero siempre con ese trasfondo agrio y oscuro, como deben ser las buenas comedias. Si no la han visto, véanla. Se darán cuenta de cómo en 52 años hemos cambiado poco o nada y seguimos arrastrando los mismos lastres. Al menos, Galindo y compañía lo intentan. Y eso, hoy día, ya es mucho. 

jueves, 26 de diciembre de 2013

Películas para no Creer en la Navidad

2. PLÁCIDO


España (1961). Dirección: Luis García Berlanga. Intérpretes: Cassen (Plácido Alonso); José Luis López Vázquez (Gabino Quintanilla); Elvira Quintillá (Emilia); Manuel Aleixandre (Julián Alonso); Mari Carmen Yepes (Martita); Amelia De la Torre (Doña Encarna de Galán). Guión: Rafael Azcona; Luis García Berlanga; José Luis Colina y José Luis Font. Música: Miguel Asins Arbó. Fotografía: Francisco Sempere. Montaje: José Antonio Rojo. Duración: 87 minutos. Glorioso Blanco y Negro.




Tengo sentimientos encontrados con respecto a la caridad. Entiendo que estamos diseñados para la compasión (en el sentido etimológico del término: acompañar a alguien en su pasión, osea, ponernos en el pellejo del que sufre), y de ahí a la caridad hay un paso muy pequeño. Entiendo la caridad como último recurso, como medida desesperada para aliviar el sufrimiento. Entiendo menos las campañas en momentos puntuales, como en Navidad. Los telemaratones me parecen una salvajada. Sin embargo, detesto la caridad como medida para tranquilizar conciencias, para simular que se vive en un país justo y fantástico (primer mal de los españoles). ¿Hay algo más despreciable que un país que deba recurrir a la caridad? Qué fracaso. Qué increíble fracaso que no hayamos sabido (ni gobiernos ni ciudadanos) conformar unos mecanismos para evitar estas caridades de relumbrón, orquesta y fuegos artificiales.

La última frase de Plácido es paradigmática en este sentido. La película termina con un terrible "todos estos desgraciados son iguales". La pronuncia el empresario que elabora las cestas de Navidad que el hermano de Plácido reparte en Nochebuena para sacarse unas perras (en la película se especifica cuánto: 13,50 pesetas). Julián (Manuel Aleixandre) le birla una en un acto de justicia poética. Le acusa de sisar, de poner menos botellas de las que anuncia y de que las cestas no dan el peso. El empresario va a casa de la familia de Plácido, un chamizo en un descampado, y tras porfiar con Julián consigue llevarse la cesta. Mientras se aleja, pronuncia esas terribles palabras: "Todos estos desgraciados son iguales". Retumban como un disparo. 


El Ulises español

Berlanga tardó ocho meses en culminar Plácido, desde el inicio de la escritura del guión hasta la claqueta final. Me parece un tiempo ridículo para crear una obra maestra, en mi opinión, la mejor película española de todas las épocas junto a El Espíritu de la Colmena. Como reza la edición de DVD que tengo en casa, de manera sarcástica: "Considerada por muchos como la mejor película española de los últimos 110 años". 
Berlanga quiso titular la película Siente un Pobre a su Mesa, que era exactamente el lema de la campaña de Navidad promovida por la dictadura para aliviar conciencias. Consistía, exactamente, en lo que constituye el leit motiv de la película: la burguesía de cada ciudad escogía un pobre o un anciano del asilo para invitarle a cenar con su familia en Nochebuena. Sin embargo, el régimen no permitió a Berlanga utilizar ese lema para una "comedieta frívola", que es como aquellas mentes obtusas debían ver este monumento al cine. La censura también se encargó de cortar otras cosas, livianas en el fondo. Azcona y Berlanga tardaron tres semanas en escribir una sinopsis de 45 páginas. Se reunían en el Café Comercial de Madrid. Intercambiaban ideas durante horas, Azcona las anotaba, y al día siguiente las devolvía en forma de guión. Yo he tenido la oportunidad de leer la sinopsis y tiene momentos abracadabrantes, que luego no aparecen en la película. Por ejemplo, un mendigo observa como se comen un jamón. "Cómo me gustaría volver a probar el jamón. Sólo lo comí una vez. Me lo dieron los del ayuntamiento para comprobar si estaba en buen estado". Estas perlas de negrismo azconiano están por doquier en Plácido.
A Berlanga y a Azcona, en realidad, les salió el Ulises de Joyce a la española. Quizá por éso titularon, a modo de sátira, la película con el nombre propio del protagonista aunque en el Ulises el protagonista no se llama Ulises sino, como ya sabéis, Leopold Bloom. Veinticuatro horas en la vida de un transportista que alquila su motocarro para la cabalgata de la gala benéfica que organiza la burguesía del pueblo (que, en realidad, es Manresa, aunque Vitoria y Cuenca había sido las primeras opciones de Berlanga). Plácido, interpretado por Cassen, (Berlanga quería a Gila), tiene una obsesión: pagar una letra de casi 7.000 pesetas que le vence precisamente ese día. "La pago y así tengo una Nochebuena sin remordimientos", explica. Lo que parece un acción de una honestidad casi cándida, se convierte en una muestra de un egoísmo atroz. Plácido no es el tipo humilde y honrado que parece, sino alguien interesado únicamente en pagar la letra. Todo lo demás se la trae al pairo. Cuanto más le dicen que no pasa nada, que a nadie le embargan el motocarro en Navidad, con más fruición quiere pagar. 


                                

La España Eterna

Berlanga y Azcona plantean una Nochebuena a la inversa. La Gran Familia es de 1962, sólo un año más tarde, pero parece de 80 años antes. La Nochebuena de Berlanga está repleta de personajes solitarios, que se aferran a la posibilidad de invitar a un "desheredado de la fortuna" (como los califica el locutor de radio que literalmente narra en directo la cena) para ocultar o aliviar su fracaso vital. Nadie habla en la Nochebuena de Berlanga. En realidad, y siempre según el propio director, la película trata sobre la incomunicación. Podría explicarlo de miles de formas, pero voy a parafrasear al maestro: "Cada uno, pobre o rico, va a lo suyo. Abandona a los demás en el momento justo en que debe abandonarlos: cuando los otros más lo necesitan". En efecto, la película es agria, sin una rendija a la esperanza. Es la antinavidad. 
Y luego está el humor negro de Azcona. La cabalgata que se cruza con un sepelio, el desternillante monólogo de uno de los pobres en directo por la radio: "En octubre del año que viene, cumplo 76. Estoy muy bien por fuera pero por dentro... brrrr... tengo un dolor por toda esta parte (se pasa la mano por el pecho).... las monjitas dicen que no es nada, pero yo estoy seguro de que es cáncer". Es el mejor resumen de la película. Y luego, ya el summum, es el matrimonio "in articulo mortis" entre dos de los mendigos. Es la primera vez que a Berlanga "se le muere" alguien en el cine. Como diría López Vázquez (Quintanilla, el de las serrerías), "con lo bien que iba la campaña, qué pena". 

                                        

El propio López Vázquez, genial como siempre, comentaría años más tarde que Plácido no es una película sobre la España de los 60, "sino sobre la España eterna". Y es así. Nos gusta sobre todo aparentar. Como ese motocarro coronado por una estrella de Belén gigantesca, ya un icono del cine español. 

Corolario

Un abuelo sorprendió un día a su nieto leyendo Las Mil y Una Noches. El chaval, temeroso de que el abuelo le pudiera reñir por leer algo supuestamente no apropiado a su edad, intentó ocultar el libro." ¿Qué lees?" "Las Mil y Una Noches". "¿Es la primera vez que lo lees?" "Sí" "Pues no sabes cómo te envidio".
Ese sentimiento es el que tengo yo con la gente que nunca ha visto Plácido y que se dispone a verla por primera vez. Si nunca la han visto, de corazón, véanla. Descubrirán otro cine. Un cine irrepetible. Un guión colosal y una puesta en escena sublime, con esos planos-secuencia de Berlanga que duran minutos y minutos y minutos... y siempre sabe dónde poner la cámara. Es la mirada de un voyeur. La mirada de uno de los más grandes directores de todas las épocas.