viernes, 6 de marzo de 2015

50 AÑOS DE UNA OBRA MAESTRA: "DOCTOR ZHIVAGO", DE DAVID LEAN



INTRODUCCIÓN

No hay revoluciones tan violentas como las que se desencadenan en la mente. No hay guerras tan sangrientas como las que se declaran entre el individuo y el mundo. Yuri Andréyevich Zhivago combatió en varias y... ¿perdió? Sí, puede decirse que perdió, pero se impuso en varias bellas batallas. Como médico, curaba el cuerpo. Como poeta, curaba almas, y la suya sobre todo. Doctor Zhivago es una historia de dualidades. El número 2 la domina: guerra//paz. Cuerpo//alma. Tradición//revolución. Pasado//futuro. Búsqueda//hallazgo. Imposición (Tonia)//libertad (Lara). El drama de Zhivago es su incapacidad para unificarlo todo y vivir una vida completa. Su itinerario es el amor: va desde la insensibilidad hasta el delirio. Y su arma, su poesía. En realidad, parece que la película de Lean se basa más en los poemas que escribe Zhivago, que apostillan la novela, más que en la obra en sí de Pasternak. 
Pasternak. Un poeta extraño Pasternak. Traductor (sobre todo de Shakespeare), filósofo... sus textos dan la sensación de estar escritos por un eremita, por alguien que viva aislado del tráfago mundano y se alimente de naturaleza. Pasternak: adepto a la Revolución, terminó en un gulag, humillado por sus ex camaradas e insultado por Jrushchov, que lo tachó de "oveja sarnosa", entre otras lindezas. Y todo por escribir Doctor Zhivago, Un canto a todo lo que subyace al en ocasiones alienante colectivismo. Una obra que canta al amor en una sociedad en guerra. Una obra que aboga por que la única revolución válida es la individual y el único dogma, el propio. Repudiado, tuvo Pasternak que editar su obra magna en Italia. En la URSS no se publicó hasta 1988, 31 años después de su primera edición. El Soviet Supremo le obligó a renunciar al Nobel, que se le otorgó sólo por Doctor Zhivago en una maniobra cuestionable de la Academia Sueca, todo hay que decirlo. Cuatro años más tarde estallaría la Crisis de los Misiles. 
David Lean también era una persona extraña. Arisco, turbulento, abrupto... un genio. Quizás el mejor director de cine de todas las épocas. Tiene una rara cualidad: no aburrir, a pesar de que sus películas, en ocasiones, sobrepasan de largo las tres horas. Hay que recordar que Lean era, en origen, montador. Creador de películas colosales en todos los aspectos, Lean conseguía una profundidad psicológica que convertía a sus personajes en iconos. Pocas veces se ha amado en la pantalla, bien a un hombre, a una mujer o un ideal, como en las películas de David Lean. 
Así que si se une el talento de uno y de otro, no es extraño que nazca una obra eterna como Doctor Zhivago, que cumple medio siglo de vida. 


EMOCIÓN

He pensado muchas veces en qué es lo que hace que amemos una película: ¿el mensaje? ¿los efectos? ¿que nos entretenga? No sé. En mi caso, una película debe emocionarme. Y, diablos, Doctor Zhivago me emociona desde los créditos hasta esa magistral escena final. ¿Cómo lo hace David Lean? No tengo ni idea. ¿Cómo conseguir que una escena que dura dos minutos y diez segundos, combinando dos planos, uno gran general y otro medio, no aburra? No tengo ni idea.


                                


Doctor Zhivago fue pergeñada para salvar a la Metro de la ruina. Carlo Ponti pujó hasta dejarse los hígados por los derechos. Había ahí un material que, bien hilado, podía ser una bomba en taquilla y, por qué no decirlo, un aldabonazo ideológico en tiempos de la Guerra Fría. Lo que iba a ser una película a lo grande, rodada en la URSS, con Paul Newman como Zhivago, Sofía Loren como Lara, Marlon Brando como Komarovski y el propio Omar Shariff como Pasha, terminó rodándose en Canillejas y Soria, y con un elenco antitaquilla. Omar Shariff fue Zhivago (no se puede imaginar a otro actor en ese papel). Tres veces a la semana tenía que someterse a sesiones intensas de maquillaje para disimular sus rasgos egipcios y que pareciese ruso. Julie Christie fue Lara. Una actriz inglesa que ese mismo año ganaba el Oscar por Darling, moderna y muy swinging London. El gran Rod Steiger fue Komarovski, en el mejor papel de su carrera. Tom Courtenay fue Pasha. Donde no hubo discusión fue en la elección para el hermano de Zhivago: Alec Guinness, el actor de cabecera de Lean hasta que una discusión apocalíptica los separó para siempre. 
Y, aún así, Doctor Zhivago fue un bombazo. ¿Por qué? Por el toque Lean.

EL TOQUE LEAN

David Lean tuvo siempre dos cualidades para ser un maestro del cine: desconfiar de la humanidad y la astucia de rodearse de los mejores. Como Freddie Young, uno de los grandes directores de fotografía de la historia del cine. Lo que hace en Doctor Zhivago es para llorar, sinceramente. Cómo fulguran los ojos de Julie Christie en esta escena. Cómo está iluminado todo. 


                                 

Luego está John Box, director de arte y que creó, nada, Moscú en Canillas y Varykino en Soria. Nada, vamos. Maurice Jarre a la partitura, creando una obra maestra de la música de cine y en la que nos detendremos más tarde. Y la adaptación de Robert Bolt, un guionista excepcional, que transformó una historia de amor en plena guerra en una guerra en plena historia de amor.
Y luego están Lean y su toque. Técnica y táctica. Técnica: nadie sabe colocar mejor la cámara. Quizá Ford, Hawks, Wilder o Eastwood se le acerquen. No Spielberg, gran planificador, pero que siempre ha tenido dos problemas. Uno: querer ser Walt Disney. Dos: querer ser David Lean. Pero Lean, querido Steve, sólo hay uno. Supera esto:


                                 


No se puede rodar mejor, sinceramente. Travelling corto. El manejo de la grúa. Esto es muy difícil, créanme. El comienzo de Doctor Zhivago no es sólo lo mejor que ha rodado nunca Lean, sino quizá de lo mejor que se ha rodado jamás. 
Táctica: ser un cerdo con pintas en el plató. Famosos son sus exabruptos, legendaria su etiqueta de negrero, de misógino (ay, Lean y las mujeres... ése sí que es un reportaje) y de déspota. Pero... funciona. 
Hace cinco años tuve la ocasión de entrevistar a Omar Shariff (aquí voy a hacerme propaganda. Ya sabrán disculparme).


Y, si leen el artículo, ya ven cómo pone a David Lean. "Usted póngase aquí y no actúe", le decía. Claro, no sabía Shariff que el director inglés rueda como nadie esa especie de revelaciones que nos susurran por dónde ir, qué camino tomar o cuál no tomar. Esas epifanías que tejen nuestras vidas. 


                               


Cuentan, y cuentan bien, que esta escena está rodada más de veinte veces. ¿Por qué? "Para que los personajes parezcan cansados y enfadados, que es en realidad lo que necesito", contestó Lean. 


                                




EL ROSEBUD DE ZHIVAGO

Pero, ¿qué cuenta Doctor Zhivago? La novela nos narra las vicisitudes de un poeta en un periodo de guerras: la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa y la Guerra Civil. La película es, en realidad, la historia de una balalaika. La balalaika que le deja su madre en herencia. La balalaika que Zhivago le regala a Lara cuando se separan. Y la balalaika que pertenece a una joven trabajadora de una central hidroeléctrica y que el hermano de Zhivago, un alto comisionado (vamos, de la KGB), sospecha que es la hija de Yuri y Lara. En ese final de antología del cine, todo cobra sentido. Sólo por el roce de una cuerda de la balalaika sobre el talle de la joven. Esa balalaika que es el Rosebud de Zhivago.


                                   


Y es que da la sensación de que la película está rodada al revés. Como si el entierro con el que comienza la película fuese, en realidad, el de Zhivago. Como si la relación con Lara fuese una ensoñación. Como si Zhivago hubiese quedado prendado de Lara en esa escena brutal en la que dispara a Komarovski y fantasease luego con ella. Da la sensación, en suma, de que Lara no existe, de que la película es la puesta en escena de un poema interminable, con Lara como tema central. 
Esa es la grandeza de la película. No que la vida se le volteé a Zhivago, sino que toda la belleza y el dolor que le provocó esa imagen de Lara se conviertan en una fuerza vital que guía, como un recuerdo imborrable, toda su vida. 


EL RODAJE

La burocracia y la Guerra Fría impidieron que Doctor Zhivago se rodase en la URSS o en Yugoslavia, las dos primera opciones de Carlo Ponti. Así que, por lo asequible de los precios, se rodó en España. John Box dirigió un tour de force que duró un año y medio. Se construyó Moscú en las calles de Canillas (Madrid), y Varykino, la villa de la familia burguesa de Zhivago, en Candilichera, provincia de Soria. De hecho, lo primero que ve Zhivago en ese interminable viaje en tren cuando llega a Varykino es el pueblo soriano de San Leonardo.
El gran (y paisano) Gil Parrondo participó como asesor en la película. No aparece en los créditos y, por ende, no obtuvo su tercer Oscar (Patton y Nicolás y Alejandra son sus dos estatuillas). Un camelo, porque de él es la idea de la alucinante Varykino. Se inspiró el director de arte llanisco en una casa abandonada que vio en el monte. "Los cristales estaban rotos y la nieve había entrado en la casa. La imagen era bellísima". Y así, en efecto, es Varykino.


                                   


Así recuerda Parrondo el rodaje de Doctor Zhivago.



LA MÚSICA

Pueden no haber visto la película. Pueden no saber ni quién es David Lean, ni Maurice Jarre, ni Freddie Young, ni John Box. Pero si le silban esto, ¿a que saben continuar?


                                    


Pues, ya ven, el inmortal Tema de Lara, no es ni de Lara ni escrito para Doctor Zhivago. Lean le vino con unas cuantas melodías tradicionales rusas a Jarre para que se inspirase, pero el compositor francés no dio con la tecla. El propio Lean le pagó un fin de semana en los Alpes para que se desbloquease: "Enciérrate con tu novia, haced el amor todo el fin de semana y cuando vuelvas traeme algo". Y ese algo es una de las melodías más hermosas que se hayan escuchado nunca en la historia del cine. Y dedicada a la novia de Maurice Jarre. Luego se le añade la balalaika y ya suena a ruso.

Pero es que la partitura de Jarre es grandiosa. Vendió millones de copias. Yo la tengo en todos los formatos: vinilo, cd e, incluso, en una cajita de música a manivela.

Aquí se la dejo íntegra y en directo, para que lloren un poco. 


                                 



COROLARIO

Doctor Zhivago es el cine. La profundidad psicológica de los personajes, contradictorios como todos nosotros, el montaje, la dirección, la historia... todo. Es pura emoción. Es de una belleza casi dolorosa. Aunque sólo sea por esta escena, es una película que deben ver al menos... seis o siete veces en su vida.


                                  





martes, 24 de febrero de 2015

CRÍTICAS (X): "SIEMPRE ALICE", DE RICHARD GLATZER & WASH WESTMORELAND

Still Alice. USA, 2014. 100 minutos. Dirección: Richard Glatzer & Wash Westmoreland. Reparto: Julianne Moore (Alice Howland); Alec Baldwin (John Howland); Kristen Stewart (Lydia Howland); Kate Bosworth (Anna Howland); Shane McRae (Charlie Howland). Guión: Richar Glatzer & Wash Wetmoreland, sobre la novela homónima de Lisa Genova. Música: Ilan Eshkeri. Fotografía: Denis Lenoir. Montaje: Nicolas Chaudeurge. Dirección Artística: Susan Perlman. Color.




INTRODUCCIÓN

El dolor llega siempre. Da pocos avisos. Quizás un respingo del alma, un fogonazo. Quizás una ligera tristeza que nunca se sabe de dónde viene. El dolor siempre llega. Un día despiertas y sabes que todo ha cambiado. Que la vida ha dicho basta. El dolor siempre llega. Un día de septiembre de 2006, le llegó a Alice Howland. Qué paradoja. Howland había hecho de la comunicación su vida. Una de las lingüistas más respetadas de Estados Unidos, profesora de psicología cognitiva en Harvard (en la película cambian Harvard por Columbia), comenzó a sentir que no podía comunicarse con los demás. Las palabras empezaron a faltarle. Luego, los conceptos. Luego, la memoria. Luego, su vida entera. El alzheimer se la había robado. 
Lisa Genova escribió en 2007 la biografía de Alice Howland. Ella misma lo autoeditó. Alguien lo leyó, la bola fue creciendo y acabó vendiendo millones de ejemplares y traduciéndose a veinte idiomas. Y es que la historia de Alice Howland es el retruécano del dolor. No sólo perdió lo que más amaba, las palabras y la memoria de su madre y su hermana, fallecidas en un accidente de tráfico, sino que además su tipo de Alzheimer es de los más crueles: hereditario. Una de sus hijas, Lydia, terminará por sufrir del mal. Una historia profundamente desgarradora... pero que en la película se queda en la superficie. Quizá por el dolor de uno de los codirectores: Richard Glatzer, él mismo enfermo de esclerosis lateral amiotrófica. No puede hablar y dirigió la película utilizando una aplicación informática que le permitía comunicarse a través de su I-Pad. A veces el dolor es un freno. 


SIEMPRE JULIANNE MOORE

Si nos ceñimos a la faceta meramente artística, y dejamos a un lado la sentimental, ir a ver Siempre Alice es, en realidad, ir a disfrutar de Julianne Moore. A pesar de no firmar su mejor papel, la actriz de Carolina del Norte ES la película. Como es tantas y tantas películas. Por eso llama la atención que los directores de casting de Siempre Alice pensaran antes en, atención: Michelle Pfeiffer, Julia Roberts, Nicole Kidman y Diane Lane. Todas rechazaron el papel, gracias al universo. Por cierto: lo de los directores de casting de esta película es una auténtica broma. Lo de elegir a la crepuscular Kristen Stewart para mantener un mano a mano con Julianne Moore es uno de los grandes fallos de los últimos tiempos. Por ahí tiene la película una vía de fuga importante. 
Debe ser que los responsables de elegir el elenco no vieron a Julianne Moore en Short Cuts, la obra maestra de Robert Altman. Yo lo recuerdo perfectamente. Era 1993 y, ya en pleno delirio ante la calidad de la película, vi aparecer a una pelirroja que en la pantalla era como un jaguar. 


                                     


¿Cómo no enamorarse de Julianne Moore después de verla flotar por la pantalla en actuaciones tan memorables como las de El Fin del Romance o Lejos del Cielo (una de las mejores películas de lo que va de siglo)?

                                     


Sin duda, Julianne Moore es la mejor actriz que ha dado el star system en los últimos veinte años. Polivalente, cercana, salvaje, cutánea. La amiga que siempre quisimos tener en el instituto. 
Así que me imagino a los directores de la película diciendo: "Mire, Moore. Usted muévase por aquí, hable, mire (nadie aguanta los primeros planos como ella), llore", y todo salió solo.


                                       


El personaje progresa gracias a ella: desde una segura, pija, un pelín chula profesora de lingüística en Columbia a una mujer que pierde cualquier contacto con la realidad para reducirse, al final de la película, a un ser humano abandonado, primario, que además sabe, en lo más profundo de su mente, que su hija menor también sufrirá alzheimer. Toda la seguridad de su vida lineal y burguesa se derrumba de manera brutal. Moore es capaz de dar la impresión de haberse ido quitando capas de piel hasta quedarse como menguada, como constreñida en un mundo que ya no entiende. Si la podéis ver en versión original, prestad atención a cómo el torrencial verbo del principio va disminuyendo hasta ser un hilo de voz con la última palabra que se pronuncia en la película: "amor". 
Moore es un ciclón y el resto del elenco tiene que agarrarse a algo para no ser arrastrado por los aires. Alec Baldwin, que no está mal, aparece embelesado con su compañera de reparto durante toda la película. No lo puede evitar. Y la pobrecita Kristen Stewart se pasa la película acongojada por tener que medirse a una actriz en plena forma. 


SIN MEDIAS TINTAS

Siempre Alice es una película mediana. Le falta tensión dramática por la desigualdad de las interpretaciones y por ese aire didáctico que tienen muchas películas norteamericanas cuyos productores se empeñan en dejar claro de lo que se está hablando, bien sea el beisbol, bien la invasión a Irak, bien el alzheimer. Las pruebas a las que se somete el personaje para determinar su mal rozan el documental, y eso frena la acción de la película. 
Sin embargo, hay algo que me gusta, amén de Julianne Moore: el alzheimer, como cualquier enfermedad incurable, es una putada. Se desembarazan los directores de esa falsa condescendencia, de esa falsedad judeocristiana de que el amor puede mitigar la enfermedad. No. Es una putada sin solución y, para rematar, en el caso de Alice, además es congénita. Es duro, pero es así: su marido y dos de sus tres hijos acaban por olvidarse de ella, como ella misma se olvida, stricto sensu, de ellos. Al final solo le queda su hija menor, la que ha dado positivo en los tests genéticos. Lo deja todo para quedarse con su madre, porque en unos años ella misma será su madre.


COROLARIO

¿Por qué el alzheimer? ¿Por qué mueren ciertas células de manera desconocida? ¿Por qué en esta franja de la historia? (mi mente conspiranoica podría ofrecer alguna explicación, pero sería objeto de otro blog). Siempre Alice nos deja esas preguntas. También, para la historia, el diálogo entre la Alice de antes y la de ahora. Ese diálogo a través de una pantalla de ordenador entre la mujer que fue y la que es. Ese alarde de interpretación en una secuencia que es, de largo, lo mejor de la película. 

Al final, comiendo una hamburguesa en el excelso Los Vikingos en pleno paseo del Muro de Gijón, una clienta afirmaba. "Yo Birdman no la entendí". Yo, tampoco.



miércoles, 18 de febrero de 2015

10 BANDAS SONORAS POR LAS QUE AMAMOS A MORRICONE

INTRODUCCIÓN


Érase una vez un trompetista que componía sintonías para programas de radio. Érase una vez un amante del western que soñaba con emular a John Ford. Ambos vivían en Roma y eran amigos. Ambos, con los años, cambiarían el concepto de música para cine y del western, respectivamente. Eran Ennio Morricone y Sergio Leone. 
Leone consiguió conjugar la épica de Kurosawa (el mejor director de "westerns" de la historia) y el desarraigo de Ford para crear un estilo propio e inconfundible. Pero las películas de Leone no serían las mismas sin la música de Morricone. Ni las de Leone, ni las de Tornatore, ni las de Brian de Palma, ni las de Joffe, ni las de Malick... el cine no volvió a ser el mismo desde que Morricone compuso su primera banda sonora: Il Federale (1961). Desde entonces, ha compuesto 510. 
En 2013 pude verlo en directo en las Termas de Caracalla. Toda la jet romana estaba allí. Morricone es una personalidad en Italia. Me sorprendió su torpeza a la hora de dirigir la orquesta. Nunca ha tenido fama de buen director. Da lo mismo. Cada uno de los intérpretes se sabía de memoria cada nota de las composiciones que sonaron. Morricone ya es parte de la eternidad.
No voy a ser original. No siempre es bueno. Aquí van diez bandas sonoras por las que muchos amamos a Ennio Morricone. Podrían ser otras diez. A salto de mata:

1. CINEMA PARADISO

Sólo existen dos canon en la historia de la música que la humanidad seguirá reconociendo al instante por los siglos de los siglos. Uno, evidentemente, es el de Pachelbel. 



Y el canon de Cinema Paradiso.


                                      


Cinema Paradiso, en mi opinión, no es sólo la mejor partitura de Morricone, sino una de las mejores bandas sonoras de toda la historia. Cada personaje, un instrumento. Cada situación, una melodía. Un río de emociones que desemboca en ese canon in crescendo que acompaña a ese final memorable y que, evidentemente, no voy a contar por si alguien no la ha visto. Una explosión de nostalgia y alivio. Una catarsis en toda regla. Una música inmortal para una película inmortal.


2. HASTA QUE LLEGÓ SU HORA

Leone le había pedido a Morricone que compusiese una melodía para la escena de la llegada de Claudia Cardinale a ese infierno en la tierra que es el brutal escenario de la película. La Cardinale se baja del tren y se desencadena un apocalipsis de violencia y tensión. La melodía, además, debería acompañar casi en todo momento cada aparición del personaje. Algo ligerito, vamos. No sé si a Morricone le gustaba mucho Claudia Cardinale, o si aquel día había tenido alguna experiencia inolvidable, pero lo que compuso nos hace pensar en que los cielos se abren y CC desciende majestuosa por una escalerilla. El tema principal de Hasta que llegó su Hora cuenta tantas cosas... y todas nos conciernen. Va directamente al núcleo mismo de nosotros mismos.


                                     

https://www.youtube.com/watch?v=2s0-wbXC3pQ


3. LA MISIÓN

¿Cómo dejar fuera de esta selección la banda sonora de La Misión? ¿Cómo dejar fuera Gabriel's Oboe o Así en la Tierra como en el Cielo? Morricone crea para la dudosa cinta de Roland Joffe (asombrosa Palma de Oro en Cannes. Errores los tiene hasta el mejor relojero) una partitura que parece transcribir los rumores del agua, del viento, de la selva... de lo más primario del universo. De lo más primario de todos nosotros.


                                   
https://www.youtube.com/watch?v=oag1Dfa1e_E


4. NOVECENTO

Una banda sonora muy especial para mi. Por motivos íntimos, pero también porque explica mejor que cualquier manifiesto o manual todo en lo que creo. En la lucha y en el dolor. En la solidaridad y en el orgullo. Y en la belleza. Sobre todo, en la belleza. 


                                     

https://www.youtube.com/watch?v=hsBo3rN6Z1M


5. LA BATALLA DE ARGEL

Una banda sonora menor, pero que a mi me gusta mucho. La película de Pontecorvo es dura, áspera, desasosegante y, sobre todo, esclarecedora. Morricone opta por la percusión y el metal para subrayar ese dramatismo y esa violencia que descarga el film. Además, avanza (se autoplagia, más bien), la siguiente banda sonora de esta lista.


                                      



6. LOS INTOCABLES

El mayor acierto en la carrera de Brian de Palma: encargarle la música para su versión de Los Intocables a Ennio Morricone (descompensada con la elección de Kevin Costner para hacer de Elliott Ness. No se puede ganar siempre). Morricone escribe una partitura alejada de los estereotipos de los compositores americanos. Un tema principal que es, en realidad, un tiroteo en toda regla con ametralladoras, pistolas, coches que circulan a toda velocidad, gente que cae herida... la banda sonora de Morricone ES la película. 


                                       

https://www.youtube.com/watch?v=66QPKwUeBNI


7. DÍAS DEL CIELO

Si las películas de Malick son bellas sin necesidad de música, ampulosas sin necesidad de música, hirientes sin necesidad de música, imaginaos que a esas imágenes les pone música Ennio Morricone. Una festival para los oídos y para los ojos.


                                         

https://www.youtube.com/watch?v=EqW3e1CacQk


8. ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA

Hace años repelía esta banda sonora. Me parecía artificialmente triste. Además, la película de Sergio Leone me parecía (y me parece aún) un tostón. Sin embargo, quizá porque me cogió sensible, un día escuché de nuevo la música de Morricone y me pareció repleta de matices, de ternura, de sensibilidad. Para muestra, este inmortal Tema de Débora.


                                     



9. EL BUENO, EL FEO Y EL MALO

No podía faltar en esta lista El Bueno, el Feo y el Malo, quizás el paradigma de la colaboración entre Morricone y Leone. La partitura es despampanante, casi el paroxismo de la épica. Y, por encima de todo, este atronador Éxtasis del Oro. Ya el título lo dice todo. 


                                     



10. MALENA

Y, para terminar, una delicatessen. Malena quizá no sea una de las partituras más conocidas de Ennio Morricone, pero es una auténtica joya. Nadie como el compositor romano ha descrito en música la belleza, la nostalgia y lo efímero de la vida. Sencillamente sublime banda sonora.


                                   








viernes, 30 de enero de 2015

CRÍTICAS (IX): "LEVIATHAN", de Andrey Zvyagintsev

Leviathan. Rusia, 2014. 140 minutos. Dirección: Andrey Zvyagintsev. Reparto: Aleksey Serebryakov (Kolya); Elena Lyadova (Lilya); Vladimir Vdovichenkov (Dmitri); Roman Madyanov (Alcalde Shelevyat); Sergei Pokhodaev (Roman); Lesya Kudryashova (Yuliya); Aleksey Rozin (Pacha). Guión: Oleg Negin & Andrey Zvyagintsev. Música: Philip Glass. Fotografía: Mikhail Krichman. Montaje: Ed Costello, Dave Hughes & Sophia Tamburrini. Color.  






INTRODUCCIÓN

El 4 de junio de 2004, Marvin Heemeyer, un operario de Granby (Colorado), puso en marcha su gran plan. Tras perder juicios y más juicios ante las autoridades de su pueblo y de su estado, Heemeyer no aguantó más. Había comprado una parcela para montar un taller, pero años más tarde el ayuntamiento realizó una maniobra oscura para arrebatarle parte del terreno y construir en él una empresa cementera. Tras multitud de pleitos y derrotas, Heemeyer construyó un bulldozer, una suerte de excavadora todoterreno, y demolió con saña primero el ayuntamiento de Granby y luego la casa del alcalde. Completado su plan, se pegó un tiro en la sien.

En 2009, en el pueblo de Kirovsk (donde está rodada la película), un empresario local, Ivan Ankushev, descontento con lo que consideraba elevadísimos impuestos locales, mató a tiros al alcalde y al concejal de la vivienda. Después, se pegó un tiro en la sien.

En el Antiguo Testamento, Yahveh permite a Satanás hacerle la vida imposible a Job, de la tierra de Uz. Satán le envía epidemias, mata a sus hijos, permite que su esposa lo repudie, que los ladrones devasten sus tierras... en fin, un cúmulo de puñetas que Job supera con su incomparable paciencia, hasta que Yahveh le premia con el doble de todo lo que había perdido. 

Estas tres historias son el magma de Leviathan, de Andrey Zvyagintsev. Una película prohibida en su país de origen Rusia, catalogada de antipatriótica, de dibujar una realidad decadente, alejada, según los prebostes rusos, de la auténtica situación del país. El éxito internacional (Globo de Oro incluido) parece haber hecho pensárselo al gobierno, que anuncia su estreno en Rusia el próximo 5 de febrero. Habrá que verlo. Aún más curiosa es la acusación de los detractores de la película de que ésta está financiada por el gobierno Obama. Sin embargo, en los créditos aparece un enorme rótulo en el que se especifica que está subvencionada por el Ministerio de Cultura ruso. Osea, Putin se ha marcado un gol en propia digno de un central tuercebotas. 


LA DECADENCIA HUMANA

Pero, ¿qué cuenta Leviathan para haber levantado tantos sarpullidos en Rusia? Pues nada menos que algo universal: la decadencia del ser humano. Algo universal y atemporal. El hecho de que suceda en Rusia puede añadir cierto color local, pero el núcleo de la película ocurre en todas las sociedades del mundo. Zvyagintsev narra la historia de Kolya, un pobre hombre al que le pasa de todo: el alcalde del pueblo, un hombrecillo miserable, miedoso, acomplejado y alcohólico, le desahucia de su finca para construir un complejo faraónico e innecesario con el que se meterá dinero en el bolsillo. El mejor amigo de Kolya, Dmtri, le defiende en el juicio. Chantajea al alcalde, está a punto de conseguir amedrentarlo, pero el cuerpo pretoriano del alcalde lo acorrala y amenaza con matarlo. Mientras tanto, le pone los cuernos a Kolya. Los amigos de Kolya son una pareja de alcohólicos amorales que no dudan en delatarlo en uno de los giros de la película que, evidentemente, no voy a contar. 

Un cúmulo de desgracias digno de Job. Pero, al contrario que el santo paciente, Kolya no verá duplicados sus bienes tras soportar las pruebas a las que se ve sometido. No hay esperanza. Sencillamente. 


                                   


Dos consejos: Para ver Leviathan debe gustarle el cine, pues no encontrará efectismos, ni la música sube, ni hay concesiones. No es una película de anuncio de televisión. Zvyagintsev rueda premeditadamente de una manera minimalista, sin grandes movimientos de cámara. La cámara es el ojo. Hay encuadres magníficos, de puro talento cinematográfico. Algo que apoya una fotografía fantástica, plúmbea, como si una cortina de detritus cubriese el pueblo y una profundidad de campo gigantesca, en la que parece apreciarse toda la tierra girar. Segundo consejo: no vaya a ver la película si tiene un mal día. Vaya con el estómago aposentado. Esto no es Cantando Bajo la Lluvia.


LA CRUDEZA DE LA REALIDAD

Leviathan es más cruda que los bistecs de los Picapiedra. Todo parece sufrir una enfermedad incurable. ¿Ha cambiado algo después de la caída del Muro de Berlín? Parece que no. "Nunca has tenido derechos y nunca los tendrás", le espeta a Kolya el alcalde, en plena borrachera. Todo sigue igual. La gran evolución pendiente, el poder del individuo que puede fortalecer la sociedad, es una utopía. Ocurre en Rusia, donde la burocracia, la iglesia y la corrupción enmudecen cualquier susurro de protesta. Algo significativo: el alcalde del pueblo donde se rodó la película, disgustado por la imagen ofrecida, quiso contrarrestarla señalando que la biblioteca de Kirovsk "dispone de internet y televisión por satélite". Ese es el concepto de cambio que se ha instalado en Rusia, en España y en cualquier país que haya sufrido una dictadura durante el siglo XX. Un señuelo, en suma, en el que la mayoría de la sociedad ha picado. 
De eso trata la película: de la amargura de comprobar que nada ha cambiado y que, probablemente, a no ser que haya un despertar, nada cambiará. Que el internet y la televisión por satélite son el paradigma de la libertad, de esta libertad que se nos vende para que todo siga igual.
El Leviatán, ese monstruo marino que engulle todo a su paso, no es tanto el statu quo que da la impresión de manejar nuestras vidas. El Leviatán somos nosotros mismos. El esqueleto de ballena que yace en la playa gris del pueblo es nuestra propia osamenta. Por eso es tan amarga la película: porque nos muestra hasta dónde hemos llegado y los límites sorprendentes de nuestra paciencia. Si no están dispuestos a cuestionarse estas cosas, vean Águila Roja por el bien de su estabilidad emocional. 


COROLARIO

Leviathan es una muy buena película, pero en mi opinión no la obra maestra que para muchos es. Le sobra metraje y escenas que no aportan nada. Sin embargo, es la clara favorita al Oscar a la mejor película de habla no inglesa, con permiso de la polaca Ida. Y, sobre todo, es una película que necesitaba hacerse. Las conclusiones son siempre suyas. 


martes, 20 de enero de 2015

10 ESCENAS POR LAS QUE AMAMOS A FELLINI





INTRODUCCIÓN


20 de enero de 2015. Federico Fellini hubiese cumplido hoy 95 años. Hace 22, una soleada y tibia mañana de otoño en Roma, fallecía a los 73 años el más grande creador cinematográfico de la historia. Porque Fellini no era un director de cine. Fue, ante todo, un intérprete de los sueños, que son los sueños de todos. Fue un transcriptor de las otras realidades que nos rodean. Fue, en suma, un receptor de eso que Jung (una figura crucial en el pensamiento felliniano) llamó "el inconsciente colectivo": existe un magma común a todos nosotros, que nos excede y trasciende de nosotros mismos, que nos define como género humano y que conforma la historia. De alguna manera nos conecta, y Fellini fue un médium de esa suprarrealidad de la que todos participamos. No. Fellini no fue un director de cine. ¿O acaso Dalí fue sólo un pintor?

"LOS SUEÑOS SON EL CINE DE LOS POBRES"

La frase no es de Fellini. Ni siquiera sé de quién es, pero desde que la oí revoletea por mi cabeza de vez en cuando. Es una frase precisa y con tantos significados como se le quieran dar. Sin embargo, Fellini la puso en práctica. Todo lo que soñó Fellini lo soñamos nosotros. Los sueños eran su inspiración. Se conservan unas 400 páginas de dibujos y anotaciones manuscritas sobre sus sueños, que el genio de Rímini anotaba puntualmente. Fellini llamaba a la hora de acostarse su "trabajo nocturno". "Mientras duermo, empieza la fiesta", dijo también en alguna ocasión. Los sueños de Fellini... Esos son sueños. Se le ha tachado de surrealista, pero Fellini siempre lo negó. Sus películas no son obras conscientes. Son, más bien, concatenaciones de escenas oníricas. De hecho, a veces creo que ni siquiera tienen argumento, sino que ese hilo argumental lo vamos creando nosotros, los espectadores, como sucede con la vida en sí misma. Fellini sería el demiurgo que acciona los mecanismos, pero nosotros somos los actores que damos sentido a las imágenes.

El ejemplo más claro de ese cine onírico es Ocho y Medio, sin duda la película más lúcida de Fellini. Ocho y Medio no es una película al uso, sino la hilazón de sueños y pesadillas de un hombre, Guido Anselmi, clarísimo alter ego de Fellini, en un momento trágico de su vida. Nada es real. Lo que vemos en la pantalla no ocurre. Todo está en el inconsciente de Anselmi. La película se inicia con una pesadilla. Una escena que nos indica que todo lo que vamos a ver a continuación no es más que un sueño dentro de otro sueño, como diría Poe. Sin embargo, existe una escena mística y bella, casi terrorífica. Versa sobre el gran tronco común del cine felliniano: la niñez nunca muerta pero tampoco nunca recuperada. Asa, Nisi, Masa.



EL ENVÉS Y EL REVÉS

Fellini no era un ser unidimensional. Todo en su vida y en su carrera tenía un envés y un revés. Su enorme talla y corpulencia contrastaba con su voz de flautín. Su rudeza en los rodajes contrastaba con el lirismo y la sensibilidad de sus películas. El tremendismo de sus imágenes contrastaba con la realidad del común de los mortales. Su exagerada afición por el sexo contrastaba con la indiferencia con la que trataba a su esposa, Giulietta Masina. Sus personajes tienen siempre una personalidad doble: la maldad da paso a algo parecido a la bondad después de una epifanía, del descubrimiento de todo lo oculto, de todo lo que somos en esencia.

En la gigantesca La Strada, Zampanó descubre el amor puro al final de la película. Descubre que Gelsomina era su salvación. Sin ella, su vida de forzudo ambulante está abocada a la nada.



EL SEXO Y LA MUERTE

Woody Allen lo sentenció en El Dormilón: "Sólo me interesan dos cosas en la vida: el sexo y la muerte". Allen, devoto de Fellini, resume en su frase dos de los grandes temas de la obra felliniana. El sexo reprimido e idealizado y la muerte, tanto física como espiritual, pueblan las películas del genio de Rímini.

Múltiples son los ejemplos de la presencia del sexo en la cinematografía de Fellini. Algunas son eternas, como la que protagoniza la estanquera de Amarcord. No me entusiasma, sin embargo. La considero demasiado planificada para una película anárquica y que fluye como nuestros recuerdos. Me gusta más la también inmortal escena del tío loco de Titta, el niño protagonista de la película. 




Memorables son también las escenas sexuales de Casanova, directas desde la imaginación desbordante del maestro.




La muerte para Fellini no es sinónimo de tragedia, sino de cambio, de transformación. En algunos casos, un misterio. En otros, una liberación. Más adelante hablaremos de la afición del director italiano por las sesiones con médiums en lo que era casi una obsesión por entrar en comunicación con los espíritus descarnados. 
Un buen ejemplo de muerte, que en este caso puede considerarse tanto espiritual como física, es el final de Las Noches de Cabiria. Es uno de los remates más bonitos de la historia del cine. Cabiria se tumba desesperada sobre la hierba. Hay un pequeño corte, un pequeño tránsito: ¿Está muerta Cabiria? ¿Se ha suicidado? ¿Son los jóvenes que cantan a su alrededor fantasmas de otra dimensión mejor que esta? ¿A quién saluda Cabiria en el último fotograma?


                                          


En otros casos, Fellini nos habla de la muerte de toda una generación, de toda una sociedad a través de la muerte espiritual de un individuo. Es lo que ocurre con La Dolce Vita, en la que la renuncia del periodista interpretado por Mastroianni a ser escritor y su decisión de languidecer entre el tráfago y la superficialidad de un estrato social al que no pertenece se condensa en el final de la película. En el abandono de la pureza y la verdad, representado por una niña a la que conoció cuando escribía su novela en un restaurante al aire libre. Cuando aún podía vivir. Otro nuevo final prodigioso, toda una catarsis para una película siempre nueva.


                                                




EL ETERNO FEMENINO

Fue Goethe el que acuñó el término "eterno femenino" para referirse a un ideal de mujer que aglutina todos los ideales de mujer posibles, que es madre, hija, esposa, mito, sueño... y al que el hombre persigue desesperadamente. Fellini y las mujeres. Se suele decir que su esposa, Giulietta Masina, inspiró la mayoría de las películas de la primera parte de su carrera. Sin embargo, La Dolce Vita supone un cambio. Fellini, quizás en plena crisis matrimonial (crisis que duraría hasta el final de su vida. De hecho, Masina se enteró de la muerte de su marido por la televisión), plasma en la pantalla todos sus eternos femeninos. Mujeres voluptuosas, en contraste con la baja estatura de su esposa, que representan la pureza (como Claudia Cardinale en Ocho y Medio), el despertar sexual, la piel, la sabiduría, la muerte y la vida. De hecho, Fellini rodó lo que es en sí un catálogo de sus obsesiones con el sexo femenino en La Ciudad de las Mujeres. Sin embargo, una escena como ninguna otra representa ese eterno femenino: Anita Ekberg, madre naturaleza hecha carne, bañándose en la Fontana di Trevi. ¿Pero quién eres? ¿Quién eres? 


                                          



LA SOLEDAD

Fellini dejó su Rímini natal siendo casi un adolescente y viajó a Roma en busca de una vida (una escena con la que arranca su enorme Roma). Fue dibujante, guionista de radio y plumilla. Estuvo solo durante algún tiempo, vagando por las atestadas calles romanas. Esa soledad se mantiene en toda su filmografía. Sus personajes deambulan, fantasean, sueñan, deliberan y, al fin, como un relámpago, llega la revelación. Ninguna película muestra esa soledad, esa desolación, esa travesía del desierto, como Los Inútiles, quizá su película más autobiográfica.


                                            



LOS ESPÍRITUS

No se entendería el cine de Fellini sin su obsesión por comunicarse con los muertos. Como Leonardo, Marconi, Edisson o Tesla, el creador italiano también se propuso entrar en contacto con los espíritus. Fue asiduo de médiums, participó en sesiones de ouija y creyó fervientemente que los espíritus de familiares y amigos muertos influían, quizás con los sueños como vehículo, en su acto creativo. Múltiples son las escenas en las que o bien se entra en contacto con un espíritu, bien se intenta entablar conversación con los muertos. Sin embargo, Giulietta de los Espíritus se lleva la palma. Una película en la que Fellini contó sin rubor el fracaso de su matrimonio, devastó la personalidad de su esposa, no sólo protagonista como actriz, sino también como mujer. La verdad descarnada de una mujer que se ahoga tanto por su realidad vital como por el lastre acumulado de los espíritus de todas las personas que fueron cruciales en su vida. Una existencia encadenada que, al final de la película, se libera como en un exorcismo. 

                                        



LA RELIGIÓN

Influyente e inútil. Teatral y carnal. Mentira y verdad absoluta. Freno y complemento. Todo eso era la religión para Fellini. Los religiosos y religiosas son como espectros en sus películas. Por ejemplo, en este inmortal y terrorífico pase de modelos católico en Roma


                                          



COROLARIO

Fellini creó un universo que es el nuestro. En ocasiones, como en una epifanía, creemos vivir dentro de una película del genio de Rímini. Pero ese universo no tendría sentido sin sus colaboradores de toda la vida. Los guionistas Ennio Faliano, Tullio Pinelli o Tonino Guerra. El operador de cámara Giuseppe Rotunno y, sobre todo, el genio que puso música a los sueños del genio. El inmortal Nino Rota.


                                      









miércoles, 10 de diciembre de 2014

CRÍTICAS (VIII): "MELBOURNE", DE NIMA JAVIDI

Melbourne. Irán, 2014. 91 minutos. Dirección: Nima Javidi. Reparto: Negar Javaherian (Sara); Peyman Moaadi (Amir); Roshanak Gerami (Nazi); Mani Haghighi (Sr. Mosayebi); Elham Korda (canguro). Guión: Nima Javidi; Música: Hamed Sabet. Fotografía: Hooman Behmanesh; Montaje: Sepideh Abdolvahab; Dirección Artística: Keyvan Moghadam. Color. 




INTRODUCCIÓN

Irán ya tiene su Nouvelle Vague. La inmensa influencia de los pioneros de la cinematografía persa, como el enorme Abbas Kiarostami o el represaliado Jafar Panahi, ha dejado paso a un cine con sus propias señas de identidad. De la crítica social de Panahi (el gobierno de su país le condenó a seis años de cárcel por "subversivo") a la poesía de Kiarostami, Irán ha encontrado una nueva manera de expresarse: una que llega desde las clases medias, desde una generación de cineastas que tratan de convencer al mundo que Irán no es sólo un férreo régimen religioso que no duda en ahorcar a sus compatriotas por la cuestiones más peregrinas, sino que también es un país joven que quiere acabar con el absolutismo desde la intelectualidad. Las películas de esta nueva ola de cine iraní muestran todas las paradojas del régimen religioso y es capaz de poner al espectador occidental en la siguiente tesitura: ¿Cómo viviría usted en un país como el nuestro? ¿Qué haría usted si se le presentasen todos estos problemas cotidianos? Y la fórmula resulta.
Asghar Farhadi es el adalid de este nuevo y apasionante cine iraní. Farhadi firma tres obras clave, a cuál mejor: A Propósito de Elly; El Pasado y, sobremanera, Una Separación, una película que logró un hito histórico: que la industria norteamericana le concediese un Oscar a una película iraní, algo así como la bestia negra del gobierno Obama. 





¿QUÉ HARÍA USTED?

Melbourne tiene muchos puntos en común con Una Separación. La película representa el debut en la dirección de Nima Javidi, un hombre curtido en la televisión. Y menudo debut. En Gijón se llevó los premios a la mejor dirección y al mejor guión. También triunfó en el Festival de Cine de El Cairo y gustó mucho en Venecia. Tiene que ver mucho la película de Javidi con el cine de Farhadi. Para empezar, comparten actor principal: Peyman Moaadi, excelso tanto en Una Separación como en Melbourne. Para continuar, introducen la idea de que nuestras vidas se cruzan de manera inesperada y, en el caso de las películas en cuestión, de manera fatal. Que no somos nada sin el prójimo y que la fatalidad aguarda siempre, oscura y viscosa, a la vuelta de la esquina. Es el momento, entonces, cuando llega el dolor, de ponernos a prueba y de reaccionar. De asumir nuestras propias responsabilidades. Da la sensación este nuevo cine iraní de que sólo existe progreso desde el conflicto y desde la libertad individual. Una libertad que es, en sí, un cúmulo de pruebas y desazones. 
Melbourne tiene mucho de Una Separación, pero también mucho de Hitchcock. De hecho, de manera no poco sorprendente, se la ha calificado de thriller. Eso es mucho decir. Pero la cámara sí se mueve desde afuera hacia adentro, como un ojo gigante que oteara nuestras vidas desde la ventana de nuestro salón. ¿Recordáis el inicio de Psicosis?


                                      

                                                       https://www.youtube.com/watch?v=KipIb00IaPk

La cámara hace un barrido sobre una panorámica de Phoenix (Arizona). Entonces la grúa, en dos cortes, se aproxima a una ventana y materialmente se introduce en una habitación. Da la sensación de que una fuerza omnímoda nos observa y puede juguetear con nuestras vidas. 
En Melbourne pasa algo parecido. Una  simple revisión catastral, un hecho cotidiano y burocrático, nos abre las puertas de la casa de esta joven pareja que ha decidido emigrar a Australia, en concreto a Melbourne, la ciudad con el índice de calidad de vida más alto del mundo. Es una pareja de clase media, que vive en una urbanización. No parecen tener problemas económicos. ¿De qué huyen? ¿Qué les empuja a exiliarse? Da igual. Necesitan un cambio de vida. Comenzar de cero. El director nos hace identificarnos con ellos. Podemos sentir su alegría, su nerviosismo ante el giro que están a punto de dar a sus vidas, su ilusión, sus dudas. Un amigo ya se ha exiliado a Melbourne. Les ha preparado el camino. Se comunican con él por videoconferencia. Todo está preparado para el gran viaje. Desmantelan su casa. Sienten el dolor de desembarazarse de cosas tan queridas... y nosotros también sentimos ese dolor.
Una canguro les ha dejado a la niña de los vecinos en custodia durante unas horas para poder hacer unas gestiones. La niña duerme en la habitación de la pareja. Es la niña que ellos no tienen y que, quizás, vaya a nacer en Melbourne. Todo son cuidados para la niña. Se habla en voz baja, se prohíbe llamar al timbre... pero, de repente, cuando creemos que la película se desarrollará con la pareja viajando a Australia, pasa lo inesperado.


                                     

                                           https://www.youtube.com/watch?v=Zs_HnyoG_Gs

Una catástrofe. Algo que, si se desvelara en este blog, sería alta traición. Tendréis que ver la película para saberlo. Algo terrible. Tanto, que pone al espectador al borde de la butaca durante una hora de cine puro, prodigioso, con unos actores en estado de gracia. Y, sobre todo, nos hace preguntarnos: ¿Qué haríamos si fuésemos esa pareja? ¿Qué decisiones tomaríamos? ¿Habría tantas películas como decisiones tomaran los espectadores? 

GUIÓN REDONDO

Melbourne está rodada con nervio, con furia incluso, sustentada por un guión redondo del propio Javidi. Un guión que parece ir escribiéndose conforme pasan las escenas, que da la impresión de no estar cerrado y que admite sugerencias. Es una ensoñación. Todo está planificado, porque la vida de esta pareja ya estaba planificada de antemano. Pero, ¿cómo reaccionar? ¿Realmente se aman? ¿Realmente confían el uno en el otro? Se tenían por personas valerosas pero, ¿lo son realmente? Y, otra vez, ¿qué haría usted en su pellejo?
Melbourne discurre como un ciclón hasta un final magnífico, uno de los múltiples finales posibles de esta historia tan grandiosa como las cosas pequeñas. 


COROLARIO

Melbourne es, sin duda, una de las películas del año. Su director comentó en su estreno que era un ejercicio sobre la responsabilidad de las personas, sobre todo las más jóvenes. Sin embargo, verla nos pone en la picota, nos hace preguntarnos sobre nosotros mismos y, además, parece contar algo más grande que la propia historia principal. Algo que nos sobrepasa y que palpita, fiero, ante nuestras narices. Y esas cosas sólo las transmiten las grandes películas.