viernes, 1 de abril de 2016

EL ETERNO BERNARD HERRMANN

Bernard Herrmann era orondo y miope. Bernard Herrmann fumaba en pipa. Bernard Herrmann era neoyorquino descendiente de judíos rusos. Bernard Herrmann era Wagneriano y Berlioziano. Bernard Herrmann era irascible. A los trece años le rompió un violín en la cabeza a un profesor de música. Bernard Herrmann era antisocial. Bernard Herrmann era bipolar. Bernard Herrmann inventó un nuevo concepto de belleza. Bernard Herrmann es el mejor compositor de música para películas de la historia y es este señor.


Después de que hiciese cimbrear su batuta por última vez en la grabación de la banda sonora de Taxi Driver, Bernard Herrmann cenó con el director Larry Cohen. Éste le habló someramente del que iba a ser su siguiente proyecto, una nueva película de serie B, de terror y fantasía, que se titularía God Told Me To. Cohen quería contratar a Herrmann. Tras la cena, el compositor regresó al hotel en el que se alojaba en Los Ángeles, se acostó y su corazón dejó de latir mientras dormía. Era la Nochebuena de 1975. Tenía 64 años. 

No suelo documentarme mucho para pergeñar este blog. Suelo escribir de memoria y sólo consulto, bien internet bien libros, para confirmar algún dato. Soy sentimental en todos los órdenes de la vida, y en este también, claro. Sentimental, porque me dejo llevar por los sentimientos. Me importa un pito el tecnicismo o el dato frío. La razón es la última máscara del ser humano. Todo lo que merece la pena en la vida nos llega tras arrebatos, tras una exacerbación de un sentimiento. Y quiero pensar que si alguien ha concretado, a lo largo del siglo XX, ese sentimentalismo en una partitura ha sido Bernard Herrmann. Obviamente no soy músico. No quiero (ni puedo) escribir sobre armonías ni arpegios ni notas ni compases. Quiero escribir sobre el arrebato mismo del acto musical. Y quiero hacerlo en varias de las sublimes bandas sonoras del genio neoyorquino. 

Sí, es innegable: Bernard Herrmann tuvo varias edades de oro, pero se conocen principalmente dos: la de su colaboración con Orson Welles y la de su (inconmensurable) colaboración con Alfred Hitchcock. Pero, sí, quiero empezar con una banda sonora que no pertenece a ninguna de estas dos gloriosas etapas. Quiero empezar por el final, por su última partitura. Por Taxi Driver. Creo que Herrmann presentía su muerte. Y creo, asimismo, que la banda sonora no cuenta el sufrimiento y la tortura de Travis Bickle, sino que cuenta el sufrimiento y la tortura de Bernard Herrmann ante sus últimos días. Su testamento, su confesión al mundo. Una partitura tortuosa, que parece, al fin, encontrar una liberación. Parece, al fin, encontrar un retazo de belleza en esta noche eterna.


                                            https://www.youtube.com/watch?v=Bx4aK-YsPeU

La soledad me ha perseguido toda la vida. En cualquier sitio, en un café, en un coche, en las aceras de las ciudades, en las tiendas... en todas partes. No hay forma de librarse de ella. Soy la criatura más solitaria que dios haya creado. 8 de junio. Mi vida ha vuelto a dar un giro. Los días transcurren regularmente, y pasan, y pasan, y pasan... un día no se distingue del siguiente. No son más que eslabones de una cadena infinita. Y, entonces, de repente, un cambio llega... 



                                            https://www.youtube.com/watch?v=HochYK83gtU


Para mi, escuchar a Bernard Herrmann es como caminar por un paisaje límpido, cristalino, nuevo. Un espacio desconocido, nunca visto, donde todo discurre más lento, y todo tiene más color. Nunca he estado ahí. Quizás él sí. Para Nervios Rotos compuso ese himno a la belleza por venir o, quizá, a la belleza olvidada. Tarantino la asumió para una de sus Kill Bill, y le restó toda esa sensación onírica que tenía la original. 


                                         https://www.youtube.com/watch?v=S4QiCD_MZQk

En este mismo blog ya hemos mencionado El Fantasma y la Señora Muir, en mi opinión una de las grandes bandas sonoras de todos los tiempos. ¿Importa algo el hecho de que ya hayamos escrito sobre ella? Herrmann alcanza unas cotas de ternura y arrebato que, salvo en Vértigo (por cierto, una suerte de desarrollo de El Fantasma y la Señora Muir), nunca más alcanzaría. Sólo él podría ponerle música al romance entre una mujer y un fantasma.


                                        



¿Creían que no iba a sonar esa fanfarria inmortal de Ciudadano Kane? Se equivocaban. Es el paroxismo del triunfo, de la esperanza, de la ambición. Quizá mucha gente se me eche encima, pero prefiero la partitura, en ocasiones algo rococó, de Herrmann, que la película de Welles. 


                                        

                                             https://www.youtube.com/watch?v=68X_gR6i2P8

Un oboe y una trompa. Un chelo. Se arrastran. No hace falta ver la imagen. Sabemos, porque Herrmann nos lo cuenta, que estamos entrando en un reino otrora fantástico, ahora decrépito. ¿Quieren oír más? hay magia y decadencia y un punto de sadismo... escuchen.


                                         
                                               https://www.youtube.com/watch?v=DM589P6lGoM         


Bernard Herrmann sólo ganó un Oscar. Los mismos que, por ejemplo, Kim Basinger. Ahí lo dejo. Fue en 1941 por El Diablo y Samuel Webster. Una partitura estrepitosa y fuera de tono, en la que usa hasta cascabeles. Una locura, bella como todas las locuras.

                                          
                                              https://www.youtube.com/watch?v=SB9K7gHoBIg


Y, ahora sí, vayámonos al mambo: Herrman/Hitchcock. ¿A que las películas de Hitchcock que no tienen música de Hermann parecen distintas? No voy a decir peores... bueno, sí, lo voy a decir. Parecen peores. Nunca estoy seguro si primero fue la partitura y luego la película. Si el cerebro de Hitchcock era un recipiente gigantesco en el que borboteaba toda clase de historias retorcidas, el cerebro de Bernard Herrmann era una historia retorcida en sí mismo. Herrmann consiguió domeñar a Hitchcock, algo no fácil, que le dio libertad absoluta para componer. Sólo así se entiende que para ese divertimento en el que el futuro de la humanidad está en peligro (así se divertían H & H) a Herrmann se le ocurriese una música en la que se van añadiendo más y más instrumentos, y más y más instrumentos, en una vorágine imparable. Dos minutos trepidantes, de lo mejor que ha hecho nunca Herrmann, con las notas retorciéndose hasta no poder más. Me refiero a la obertura de Con la Muerte en los Talones. Les invito a reconocer todos los instrumentos que suenan. Ya se lo adelanto: es imposible.



                 
                                           https://www.youtube.com/watch?v=xBxjwurp_04

Personalmente, esta obra de arte de dos minutos es lo que más me gusta de la colaboración entre los dos genios. Pero, de manera global, como sinfonía de la locura del siglo XX, Psicosis es una obra maestra. Psicosis es una película en la que hay poco diálogo. Las palabras las pone la música de Herrmann. Siempre he pensado que las notas, en esta banda sonora, son palabras. Sí. El monólogo interior, el rasgo distintivo de la película, no se expresa con una voz en off, como es tradicional, sino con música. El remordimiento, la angustia, el miedo, el deseo, la opresión, el sufrimiento, todo se expresa con unas notas que incluso parecen tener un rastro fónico, como el aire cuando hace vibrar las cuerdas vocales.


                                           https://www.youtube.com/watch?v=pSW1nuZedfE

Phoenix. Arizona. Viernes, 11 de diciembre. 02.43 minutos de la tarde. La cámara, como un ojo omnímodo, se cierra lentamente sobre un edificio. En el edificio hay una ventana. La ventana está abierta. La cámara, voyeur universal, se cuela en una habitación. En la habitación hay una pareja. La cámara los sondea. Los penetra. El arranque de Psicosis es la quintaesencia de Hitchcock. Hay, no obstante, una segunda sonda que recorre los intersticios de los personajes: la de la música de Herrmann. Llega hasta el tuétano. Convierte en notas los pensamientos. El culmen es la escena de la ducha. Una escena sin sonidos humanos.... ¿seguro? ¿qué oyen ustedes? ¿El rasgueo brutal de la sección de cuerdas, o los gritos de una mujer? ¿Los violoncelos renqueantes y cansados, o el jadeo de placer de un asesino en pleno éxtasis?


                                            https://www.youtube.com/watch?v=Xhx_B45xxxQ

Sería de snobs no terminar este repaso con, seguramente, la mejor banda sonora de todos los tiempos. Hay muchas películas en Vértigo. Una de ellas la cuenta la espectral, romántica, turbulenta, obsesiva, liberadora y devastadoramente bella partitura de Bernard Herrmann. Se podría, sin duda, seguir el argumento sin ver las imágenes. Tan sólo tumbándose y dejándose abrumar, por ejemplo, por esta inmortal obertura.


                                         https://www.youtube.com/watch?v=kC5AzFc3coo

Herrmann alcanza su cima musical con una de las composiciones más bellas de la historia del cine. la Escena de Amor de Vértigo. El compositor neoyorquino logra algo así como una ópera del siglo XX, con cada instrumento emulando la voz y las pasiones de los personajes. Sólo estos cinco minutos de gozo musical le bastarían a Herrmann para ocupar el olimpo de los compositores de música de cine.


                                            https://www.youtube.com/watch?v=_naJH44Lk3I

No se me ocurre mejor manera de terminar este recuerdo, aunque el recuerdo sea constante, a un artista genuino, que sólo se dedicó a crear, que rehuyó del mundo y que volcó su tortuosa alma en su música. En su música inmortal. 

martes, 1 de marzo de 2016

CRÍTICAS (XVI): "La Habitación", de Lenny Abrahamson

Room. Canadá / Irlanda, 2015. 118 minutos. Director: Lenny Abrahamson. Reparto: Brie Larson (Mamá / Joy), Jacob Trembley (Jack), Sean Bridgers (Viejo Nick), Joan Allen (Abuela), William H. Macy (Abuelo), Tom McCamus (Leo), Cas Anvar (Doctor Mittal). Guión: Emma Donoghue, basado en su novela homónima. Música: Stephen Rennicks. Fotografía: Danny Cohen. Montaje: Nathan Nugent. Dirección Artística: Michelle Lannon & Mary Kirkland. Color.




INTRODUCCIÓN

Escribir sobre La Habitación es escribir sobre Jacob Trembley. Me cuesta trabajo entender cómo un niño que cumplirá diez años en octubre, puede ofrecer una interpretación tan prodigiosa, tan demoledora, tan sensible, tan profunda, tan precisa. Una exhibición en toda regla que deja el trabajo de Leonardo Di Caprio (lo menciono ya que ganó el Oscar) en una mamarrachada. Sí, Brie Larson, su partenaire en la película, está correcta. Grita muy bien, está compungida todo el rato... se afirma que estuvo un mes aislada para asimilar el papel y que no se lavó la cara durante todo el rodaje para acentuar su falta de maquillaje. Ya saben que toda esta parafernalia gusta mucho en Hollywood y por eso le han dado el Oscar a la actriz californiana. Pero el Oscar, en cierto sentido, fue también para Jacob Trembley. Porque si Brie Larson grita muy bien, cómo mira Jacob Trembley. Cómo habla Jacob Trembley. Cómo lee Jacob Trembley. Cómo se mueve Jacob Trembley.




Desconozco por qué hace unos años se nominó a Quvenzhané Wallis al Oscar a la mejor actriz por Bestias del Sur Salvaje, cuando sólo tenía nueve años, y se ha pasado por alto en esta edición a la mejor interpretación del año. No puede ser una cuestión de edad. Sea como fuere, Trembley puede diluirse en el tiempo como la mayoría de los grandes actores infantiles, o mantener esa mirada y convertirse en un actor sobresaliente. Lo que es seguro es que en La Habitación nos deja noqueados.

UN CUENTO GÓTICO

La Habitación es un compendio de muchas cosas pero, sobre todo, es un cuento gótico. Esa primera hora de película, en la que vamos descubriendo la historia de Joy y Jack, me recuerda en cierta medida a El Resplandor o, sobre todo, a La Noche del Cazador. Vamos sabiendo que Joy fue secuestrada siete años atrás y que Jack ya nació en cautiverio. Vemos la sombra del raptor, saliendo de las tinieblas. Conocemos que Joy fue violada por ese personaje sin nombre (se le denomina Viejo Nick, uno de los apelativos del diablo en inglés). Y, sin embargo, es la anti-película de terror. Un niño y una casa son los ingredientes fundamentales del terror moderno. Sin embargo, para Jack, el zulo donde está confinado con su madre (Habitación, como él la llama) es el mundo. Nunca ha conocido nada más que el calor de su madre (de la que aún toma el pecho), el olor de su madre, la respiración de su madre cuando duerme, la televisión, una planta, algunos juguetes y la claraboya por la que entra una mínima porción de luz. Eso es el mundo para Jack. El miedo no existe. No existe la noción de pecado. No existe el concepto de gente. No existe el concepto de amistad. Es una pureza desbaratadora, paradójicamente desarrollada en un infierno. 
Una noche descubre qué es tener miedo. Descubre que su captor, su padre biológico en realidad, es capaz de hacer daño a su madre. Es la primera noción que recibe del mundo exterior, una sombra nada más, como ocurre en La Caverna de Platón. 


                                     
                                         https://www.youtube.com/watch?v=rkEnJkLv5Xc

La segunda parte es un disparo al estómago. Amarga, sórdida... el descubrimiento del mundo por parte de Jack es un auténtico trauma. La familia de su madre está rota. Todo está lleno de cosas. Y, lo más importante: Jack aprende lo que es la incomunicación, el dolor, la soledad, el aburrimiento, la nostalgia. Todo lo que nos conforma como seres humanos. Es fascinante observar cómo los ojos de Jacob Termbley lo van absorbiendo todo. 
Es aquí cuando aparecen dos conceptos que a mi me llegaron adentro como un disparo. El concepto de volver, que todos hemos sentido alguna vez. No hay nada que nos desarme tanto como volver a la habitación de nuestra infancia. El mejor momento de Brie Larson es cuando regresa a esa habitación y todo en ella se ilumina. Siempre hay que volver, aunque sea en sueños. Como Rebeca a Manderley. 
El otro concepto es el de 'madre'. El vínculo irrompible con una madre. Sólo cuando Jack ve peligrar a su madre acepta el mundo al que se le ha condenado a vivir. Es el precio que hay que pagar. Y ese es el último descubrimiento de Jack: lo que significa el amor. No lo salva, porque el futuro siempre es incierto, pero lo sana de alguna manera. 
Al final, siempre hay que volver, aunque sea para saber que nunca más se volverá. 

COROLARIO

La Habitación es un manantial de emociones. Lenny Abrahamson está brillante en la dirección, Brie Larson está convincente, pero todo se reduce a lo que transmite ese asombro llamado Jacob Trembley. Veremos lo que le depara el futuro. 

martes, 2 de febrero de 2016

CRÍTICAS (XV): "Spotlight", de Tom McCarthy

Spotlight. EEUU, 2015. 128 minutos. Dirección: Tom McCarthy. Reparto: Michael Keaton (Walter Robinson), Mark Ruffalo (Mike Rezendes), Rachel McAdams (Sacha Pfeiffer), Brian D'Arcy James (Matt Carroll), Liev Schreiber (Marty Baron), John Slattery (Ben Bradley), Stanley Tucci (Mitchell Garabedian), Jamey Sheridan (Jim Sullivan), Billy Crudup (Eric McLeish), Neal Huff (Phil Saviano), Jimmy LeBlanc (Patrick McSorley), Michael Cyril Creighton (Joe Crawley). Guión: Josh Singer & Tom McCarthy. Música: Howard Shore. Montaje: Tom McArdle. Fotografía: Masanobu Takanayagi. Dirección Artística: Mychaela Chayne, Vanessa Knoll & Shane Vieau. Color. 



INTRODUCCIÓN

El verano de 2001 en Boston fue tibio y lluvioso. Las gentes caminaban despreocupadas por las calles. En el Boston Globe se realiza algún cambio. El Times ha comprado el periódico y el viejo director se jubila. Por lo demás, todo es decentemente mediocre. Noticias leves, el béisbol... El equipo de investigación, llamado spotlight (algo así como "en el candelero"), lo forman cuatro personas. Walter Robinson, el jefe, un cincuentón que se mueve bien entre las altas esferas de la ciudad; Mike Resendes, un bostoniano de origen portugués, hiperactivo, comprometido y periodista de raza; Matt Carroll, el intelectual del grupo. Su deseo es ser escritor, y Sacha Pfeiffer, la más joven, empática y habilidosa, entusiasta y que tiene en el periodismo su tabla de salvación. Son estos cuatro (con unos añitos más):


                                


En Boston la vida es lineal. Las jerarquías están muy definidas. Apenas pasa nada. Nadie lee los periódicos locales. Siempre traen lo mismo. Y en la cúspide de la pirámide está la iglesia. Todo en Boston (ya saben, una ciudad fundada por colonos irlandeses católicos radicales) pasa por el tamiz de la curia. La curia es, digámoslo así, el dios católico en la tierra. 
Pero todo cambia cuando llega el nuevo director: Marty Baron:

                              

El Times lo desplaza desde Miami. Un cambio radical. Judío, no le gusta el béisbol y se muestra reservado, huidizo. En la redacción se cuestiona su sexualidad (ya saben: religión y sexualidad...). En una reunión de redacción deja caer que en una columna de opinión de un periódico menor se pasa por encima de un posible caso de abusos a menores por parte de un cura de Boston. Sí, es algo que pasó en su momento. Incluso se inició una vista oral pero el caso no llegó a mayores. El abogado de las supuestas víctimas no había encontrado pruebas contundentes para procesar al cura (el llamado caso Porter) y el tema se cerró. Baron insiste: le encarga el caso al grupo Spotlight. Comienza ahí, en aquella primavera tardía de 2001, uno de los hitos del periodismo de los últimos 30 años. 


Investigación, investigación, investigación

Con su cuarta película, Tom McCarthy está rompiendo la pana en Estados Unidos, donde Spotlight ya es considerada una de las mejores películas del año. Ha triunfado en los Globos de Oro y tiene seis nominaciones al Óscar. Sin embargo, en España, en la que estamos acostumbrados a que las películas o series sobre periodistas sean de todo menos sobre periodistas (que si se lían entre ellos, que si no...), quizá no llegue a calar tanto. Si consiguiésemos abstraernos de esa vertiente frívola y centrarnos en la trama, podríamos disfrutar más de Spotlight.
Y es que la película va de periodistas. Me gusta mucho este género. El periodismo es, o ha sido, mi gremio. En esta profesión, incluso la noticia más banal se convierte en el centro de tu vida. Y eso está muy bien recogido en la película. Me gusta mucho cómo está reconstruida la redacción, impersonal, pequeña, y en las que las ventanas juegan un papel primordial (siempre hay que mirar para ver). Me gusta cómo se distribuye el trabajo, como la vida de los periodistas se reduce a fechas y horas, fechas y horas, fechas y horas... porque así es en la vida real. El tiempo cambia para un periodista. Me gusta que todo el tiempo se vea el reloj de Michael Keaton (que encarna al jefe del grupo). Utiliza camisas con las mangas holgadas, para que con una simple flexión de codo el reloj quede al descubierto. El reloj, si eres periodista, es tu dios. Me gusta que Sacha, la valerosa periodista, se limite en casa a fregar los platos. Que Resendes, capaz de dormir en el hall de los juzgados para ser el primero en conseguir la noticia, se alimente de sobras o de un par de salchichas cocidas. Me gusta que esté en trámites de divorcio. Me gusta que a Matt le den las cuatro de la mañana sin poder dormir. Me gusta que Walter Robinson tenga una foto de su mujer sobre la mesa del despacho. Todo eso está excelentemente contado en Spotlight. Así es la profesión más cabrona y fascinante del mundo.


                                        


Me gusta, también, la planificación de la película. Me gustan los planos en general cuando trabajan en grupo y los cortos a medida que avanza la película y la semilla de destapar algo muy gordo va creciendo en cada uno de los reporteros. Me gusta que se dé la sensación de que el periodista es esa persona que, por un acuerdo tácito, media entre el arriba y el abajo, quizá para transformar, pero nunca (o así debería ser) para mantener. 
Me gusta cómo se va entretejiendo la investigación. Cómo de un dato se llega a otro, como de un comentario se llega a una pista, cómo de un viejo volumen condenado al sótano se extrae oro puro. Me gusta el compromiso de todos ellos. 
Sin embargo, hay dos cosas que no me gustan: creo que Michael Keaton, inexpresivo y torpe de movimientos, frena la potencia actoral de la película (que es mucha). Y no me gusta que, tras un inicio frenético, con un montaje endiablado (planos contra planos, la cámara a la altura de los ojos del que mira... bestial), la película se vaya diluyendo en una concatenación de datos y más datos, de nombres y más nombres, de fechas y más fechas. Le resta emoción a la película, frena el ritmo y, además, confunde al espectador. Pienso en Todos los Hombres del Presidente, de la que Spotlight bebe claramente, y el hallazgo de guión de injertar planos con los nombres de las personas investigadas, a modo de aclaración para el espectador. O de que Dustin Hoffmann y Robert Redford se pasen la película diciendo los nombres en voz alta, para que el espectador no se pierda. Eso me falta en Spotlight. Y también algo de clímax. Más presencia de los afectados, más piel, más curas. Sin embargo, hay un segundo de pelos de punta: cuando Sacha se encuentra cara a cara con uno de los curas implicados: esa mirada es actuar. Eso es cine. 

El triunfo de la verdad

Al final, el grupo Spotlight destapó que, sólo en Boston, 87 curas habían abusado de menores entre 1975 y 2001. De los afectados, sólo un puñado sobrevivió. El resto acabó con sus días ante la falta de apoyos, la corrupción judicial o, lo que es peor, la aceptación de la sociedad. A fin de cuentas, que un cura violase a un niño era una remuneración por "todo" lo que los curas habían hecho por la comunidad.
Cerca del clímax de la película, el director del periódico les pide a los investigadores que no vayan contra las personas, sino contra el sistema. Para mí, ese es el ejemplo de director de un periódico. Hay que ir contra el sistema si no funciona. Y pienso en cómo hemos llegado hasta aquí. Pienso en cómo nos han vendido una moto sobre la España de los últimos 40 años, pienso en cómo la prensa española ha colaborado en crear un statu quo casi indestructible.
Spotlight ganó el premio Pullitzer por su investigación. Spotlight 1, España 0. 


martes, 26 de enero de 2016

CRÍTICAS (XIV): "Youth (La Juventud)", de Paolo Sorrentino

La Giovinezza. Italia, Reiuno Unido, Francia y Suiza, 2015. 124 minutos. Director: Paolo Sorrentino. Reparto: Michael Caine (Fred Ballinger); Harvey Keitel (Mick Boyle); Rachel Weisz (Lena Ballinger); Paul Dano (Jimmy Tree); Jane Fonda (Brenda Morel); Álex MacQueen (Emisario de la reina); Roly Serrano (Diego Armando Maradona); Madalina Diana Ghenea (Miss Universo). Guión: Paolo Sorrentino. Música: David Lang. Temas interpretados por The Retrosettes, Mark Kozelek y Sumi Jo. Fotografía: Luca Bigazzi. Montaje: Cristiano Travaglioli. Dirección Artística: Daniel Newton & Marion Schramm. Vestuario: Carlo Poggioli. Color. 



INTRODUCCIÓN

Deseaba ver Youth en pantalla grande y rodeado de esa atmósfera de útero materno que aún ofrece la sala de un cine. Evité con toda la (escasa) fuerza de voluntad que atesoro verla en otros formatos y recurrir a otros métodos. Aunque estrenada mundialmente en el pasado festival de Cannes, en España sorprendentemente no fue hasta noviembre que encontró distribución. Y no fue hasta el pasado 22 de enero que se estrenó en salas. Porque una película de Paolo Sorrentino hay que verla en el cine. El virtuosismo visual (un poco desabrido en ocasiones, es cierto) del director napolitano es uno de los alicientes del cine de los últimos años. Es sorprendente cómo Sorrentino es capaz de plasmar en la realidad de una manera tan brutal todo lo que se le pasa por la cabeza, tanto imágenes como palabras como algo más complicado aún: ese hilo invisible que nos une al cine, a la vida de los otros. Sorrentino es un gran tejedor de historias.

EN EL LIMBO

Youth, como ya hacía La Gran Belleza, bebe directamente de ese océano narrativo que es Federico Fellini. No sólo en la estética, sino también en la capacidad de descorrer el velo que nos oculta esa otra realidad, quizá más viva que la que percibimos sin esfuerzo. Esa realidad en la que las gentes y las cosas parecen manar de nosotros mismos. 


                              

En este caso, todo nos remite a 8 1/2. En un balneario, no en  Italia en este caso sino en los Alpes suizos, un veterano director de orquesta y compositor (Michael Caine) y su amigo Mick (Harvey Keitel), director de cine, se aíslan. Uno recibe masajes y el insistente encargo de la reina de Inglaterra de dirigir un concierto en honor a su marido. El otro, junto a una serie de guionistas jóvenes y atolondrados, pretende escribir el guión de la que será su última película. Sin embargo, en realidad no sabemos qué diablos hacen allí. Se deja entrever que acuden cada primavera, como el que lleva el coche al taller. Simplemente, están allí.
Verán, desde que vi 8 1/2, el limbo siempre me ha parecido un balneario. Un lugar rodeado de vapor, etéreo, en el que se nos prohíbe movernos y en el que nuestra vida va renaciendo a nuestro alrededor. 



                                          
                                                https://www.youtube.com/watch?v=jUc4oHnFBnc

Lo llamo limbo por llamarlo de alguna manera. Uso terminología católica por mera utilidad, no porque crea en la concepción del universo vertical y trágica de los católicos. No creo en un dios, pero sí creo que nuestras almas permanecen de alguna manera. Creo que, como energía que son, siempre se transforman en otra cosa. Y, así, creo que Youth es una suerte de continuación de Ocho y Medio. Fred (Frederick, un nuevo guiño a Fellini) y Mick (de nuevo la inicial denota un recuerdo a Marcello Mastroiani) nunca parecen personajes reales, sino más bien energías, si quieren llamarlos espíritus, los mismos que inspiraban o incordiaban a Guido Anselmi durante ese auténtico morir y renacer que es Ocho y Medio. Ambos dan la sensación de haber estado ahí desde el comienzo, sin principio ni fin, Si aceptamos esta posibilidad, Fred y Mick son todos nosotros. Son la dualidad. Uno espera y el otro avanza. ¿No es esa la vida?


                                           

                                                     https://www.youtube.com/watch?v=-T7CM4di_0c

Rachel Weisz, hermosa como un jaguar, es la hija de Michael Caine en la película. Es el presente. Alguien que debe reiniciar su vida de manera abrupta. No quiere cometer los errores de su padre. Quiere vivir. Y lo hace. Es el auténtico hilo conductor de la película. Michael Caine y Harvey Keitel, el más italiano de los actores americanos (hay que oírlo hablar, verlo gesticular, ver cómo se mueve) asisten en el balneario a la proyección de sus vidas. Como imágenes que llegan desde su interior, o bien de otros lugares invisibles, recapacitan sobre lo que han hecho mal, lo que han hecho bien o, lo más terrible de todo: lo que no han hecho. Y llegan a la inquietante conclusión de que el tiempo es  lo único relativo. Somos cuerpo y espíritu. En este caso, el cuerpo está presto, pero el espíritu es débil. Todo el metraje está lleno de cuerpos, muchos de ellos desnudos (para Sorrentino, los pies son el fetiche, así como para Fellini lo eran los pechos). Muchos de ellos jóvenes. Pero, ¿qué juventud elegir, la del cuerpo o la del espíritu? He ahí el dilema. Fred y Mick eligen la del espíritu.

En una escena, Maradona (interpretado por el actor argentino Roly Serrano) tiene una visión: las selecciones de Inglaterra y Argentina forman en el jardín del balneario antes del mítico partido de cuartos de final del Mundial de México. Se ve a sí mismo de joven, calentando, fiero y rabioso. Ahora, es una masa de grasa y cansancio. Su mujer le pregunta en qué piensa. "En el futuro", dice él. Hasta su muerte, esa imagen será la que le salve en los momentos terribles. Así será la vida, como en aquel momento previo a jugar el partido en el que se convirtió en inmortal. 

Dos Vías

Youth nos habla de la esperanza. Sólo somos emociones ("Es todo lo que tenemos", llega a decir Mick). Nos habla de la dualidad que todos encerramos: del fracaso y de la oportunidad, casi siempre latente, de poder vencer. De poder hacer lo que nunca hicimos. De poder acariciar a un niño que interpreta al violín una obra compuesta por Fred, después de no haber tocado nunca a su hija. De, al fin, hablar con su esposa catatónica después de haberle ordenado callar durante todo su matrimonio. Y todo explota al final en un confuso pero tan bello concierto... tan bello como esta película que nos redefine. 

Corolario

Michael Caine ha logrado ser un gran actor a pesar de haber intentado ser un actor mediocre a lo largo de toda su carrera. A pesar de esos gestos adquiridos de sonreír con los pómulos y de entornar los párpados. Pero es Harvey Keitel el que nos desvencija con su vulnerabilidad y su fe absoluta en el futuro. No podía salir bien. Para el recuerdo, la discusión que mantiene con una cruda y tangible Jane Fonda. Pura delicia.
Es Jane Fonda la que dice "El futuro es la televisión. De hecho, ya es el presente". Una afirmación falsa mientras existan directores como Paolo Sorrentino. Sí, se le puede tachar de artificioso, de pedante (aunque si lo es, entonces ¿qué son Tarantino, Woody Allen o Isabel Coixet?), pero es arriesgado, tiene una concepción del espacio magnífica, vital para un director de cine y, sobre todo, cuenta historias de manera asombrosa.
Cuando el médico le dice a Fred que tiene una salud de hierro, el viejo director de orquesta le pregunta "¿qué me encontraré ahora ahí afuera?", y el médico le responde: "la juventud". Y, sí, cuando salimos del cine, todo parecía nuevo. Todo parecía regresar a aquellos tiempos buenos. 

lunes, 14 de diciembre de 2015

CRÍTICAS (XIII): "EL HIJO DE SAUL" DE LASZLO NEMES

Saul Fia. Hungría. 2015. 107 minutos. Dirección: Laszlo Nemes. Reparto: Geza Röhrig (Saul), Levente Molnar (Abraham), Urs Rechen (Kapo Biederman), Sandoe Zsoter (Doctor). Guión: Laszlo Nemes & Clara Royer. Fotografía: Matyas Erdely. Montaje: Matthieu Tapponier. Música: Laszlo Melis. Sonido: Tamas Zanyi. Color.



INTRODUCCIÓN

El Hijo de Saúl pasó como un ciclón por el reciente Festival Internacional de Cine de Gijón. Bueno, por Gijón y por multitud de festivales de todo el mundo. En Gijón pudimos verla en la sección Gran Angular, una selección de películas galardonadas en otros festivales. Hijo de Saúl ha ganado multitud de premios, pero el aldabonazo lo dio en Cannes donde se llevó cuatro premios, el más relevante el que otorga la crítica internacional.

Pero, ¿qué tiene esta película, el debut en en el largometraje del húngaro Laszlo Nemes? Verán: tanto a los aficionados al cine como a la crítica nos encanta que nos ofrezcan cosas nuevas. Muchas veces para poner a parir al director. Otras, como en este caso, para postrarnos de hinojos ante él. 

Un botón, como muestra.


                                           



EL ÉXODO EN REVERSO

La película es difícil de ver. Eso lo reconozco. A veces la tensión es extrema. ¿Por qué? Porque está rodada desde el punto de vista del protagonista, con mayoría de planos por encima de sus hombros o con la cámara situada en uno de sus flancos. Se une aquí una trinidad maravillosa: la del director Laszlo Nemes, por el atrevimiento; la del director de fotografía Matyas Erdely, que consigue incluso cambiar el foco sin cambiar el plano (la duda es si la cámara está robotizada, porque si está hecho "a huevo" es todavía más fascinante) y el del editor de sonido Tamas Zanyi. El sonido es un personaje más de la película.
En 107 minutos sólo hay 85 planos, el más largo de cuatro minutos. Para que se hagan una idea, en la famosa escena del baile de Gene Kelly en Cantando bajo la Lluvia, que dura 4 minutos y 36 segundos, hay diez planos. Y, sin embargo, el ritmo nunca decae. Largos planos secuencia que a uno le recuerdan a un videojuego de acción. El personaje principal se desliza por los escenarios (mínimos). En off, oímos gritos, golpes, disparos. La vida se desarrolla más allá de nuestro campo visual. El desasosiego es constante. La película se ve al borde de la butaca. Todo es tensión, la tensión que nos produce no ver lo que estamos oyendo. Un alarde de narración cinematográfica.

El hijo de Saúl nos cuenta la historia de un sonderkommando ("comandos especiales" en castellano), grupos de "trabajo" a las órdenes de los nazis, formados tanto por judíos (principalmente), como por no judíos. En los campos de concentración eran los encargados de conducir a los prisioneros a las cámaras de gas, seleccionar a los cadáveres según los objetos de valor que llevasen y rapiñar luego esos objetos para entregárselos a los oficiales alemanes. El destino del sonderkommando era terrible. Con el fin de que no se filtrase al exterior todo lo que ocurría eran ejecutados una vez su labor había terminado.

Saul Auslander es un sonderkomando judío de origen húngaro. En una concatenación de planos sin profundidad de campo lo vemos ejercer "sus funciones" hasta que un chaval sobrevive al gas letal. Boquea. Aún está vivo. La piedad, pero también la posibilidad de escapar del campo, inducen a Saul a adoptar al chico (al que un oficial remata de un disparo en la cabeza). Intenta hacerse con el cadáver inventándose que es su hijo. A partir de ahí, se inicia una búsqueda desesperada de un rabino para enterrar el cadáver del joven según los cánones judíos. Es sólo una excusa. El horror, ese horror invisible pero tan real, es el auténtico protagonista de la película.

                                      


Pero existe una tercera trama. Esa alegoría del éxodo judío. La liberación de los esclavos hebreos del yugo egipcio. El intento de evasión. El intento de huir del infierno. La amargura... todo es amargo en este film magistral y devastador.

COROLARIO

Narrativa y técnicamente maravillosa, El Hijo de Saúl es una de las películas del año y de muchos años. Su protagonista, Geza Röhrig, es un poeta húngaro afincado en Nueva York, que se convirtió al judaísmo tras una visita a Auschwitz. Su mirada, su pose siempre encorvada y al borde del colapso, es también uno de los hallazgos de la película. Nominada al Globo de Oro a la mejor película en habla no inglesa, a buen seguro lo estará al Oscar. No me extrañaría ver también entre los nominados al director de fotografía. Su labor es una auténtica genialidad. 

El Hijo de Saul se estrenará en España el 15 de enero. 





miércoles, 2 de diciembre de 2015

LIII FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE GIJÓN

INTRODUCCIÓN


He tenido que hacer un ejercicio de empatía y relajación para escribir sobre la 53 edición del Festival Internacional de Cine de Gijón. Si hubiese escrito este post justo al terminal la muestra, sé que a la larga me habría arrepentido de alguna de las cosas que hubiese escrito. No voy a opinar sobre si esta edición ha sido un fracaso, un éxito, una mediocridad o una nadería. No tengo tanto ego, ni base para afirmar cualquiera de esas cosas, ni he estado en la organización ni tengo en mi espectro todos los puntos de vista. En cambio, sí creo que la edición ha sido fallida. Voy a intentar explicar por qué.



Verán. El cine ya no es el espectáculo por antonomasia. El público ha cambiado. Sería más correcto decir que la gente ha cambiado. Se ha acostumbrado a los más jóvenes a la inmediatez, al recogimiento, a la banalidad, al usar y tirar. Conozco pocos menores de 25 años a los que le guste el cine, pero el cine de verdad, el que cuenta cosas. No interesa que el cine cuente cosas. El invento, que aunaba carga ideológica y diversión, se les había ido de las manos a los dueños del cotarro. El cine había transformado el mundo. De hecho, nuestro mundo actual es inimaginable sin el cine. Modificó la ética, la estética y la moral del mundo a lo largo del siglo XX. El monstruo había crecido demasiado. Había que cortarle las patas, no fuera a ser que consideráramos que el cine era la vida (yo aún lo pienso. Es más, creo que el cine es la vida futura). Se necesita un cambio de rumbo. ¿Saben cuál es ese cambio de rumbo? El inculcar a la gente que el cine es mero entretenimiento (la palabra más mezquina del diccionario), que no cuenta nada. El cine llamado independiente ha devenido en un catálogo de personajes tan estúpidos, que uno no sabe si son trasunto del director o si intencionadamente se construyen así para minar la influencia del cine en la gente. 
No se puede ir al cine ya. Y esto lo digo literalmente. Hay que ir a un centro comercial en el quinto pino, gastarse un dineral, entrar a una sala vertical (ya no molesta si alguien más alto que tú se pone delante) y aguantar que alguien entre con un surtido de comida mejicana, un cartón de tres kilos de palomitas, hamburguesas... sólo falta el bocadillo de calamares. La gente, y esto es lo peor, actúa como si estuviese en casa. Habla en voz alta, atiende el móvil, envía whatsaps. Y no pasa nada. El cine es, en estos momentos, inimaginable. 
En el FICX pasa algo de esto. En su afán por abrir el festival a otros públicos (algo loable), Nacho Carballo y su equipo han tendido, desde que asumieron la dirección, a atiborrar la sección oficial que, no lo olvidemos, es el corazón del festival y donde realmente se ve la mano del director, en una colección de películas sin ningún hilo argumental. Basta con que hayan ganado algún premio en Locarno, en Venecia o en Berlín para que estén en Gijón. Pero, ¿cuál es el hilo argumental del FICX? ¿Cuál es su rasgo distintivo? Ninguno. 

No voy a ser yo el que defienda a nadie ni me alinee con nadie. En Gijón hemos visto cosas espantosas. Pero espantosas. Pero el festival tenía una ideología: películas arriesgadas, de cinematografías poco comunes, que contaban cosas que le pasaban a la gente. Era una forma de explicar el mundo. El mundo de la gente común, nuestro mundo. Era un festival socialmente incontestable, con un punto de compromiso que se ha perdido. Gracias a ese afán por ser distintos, hemos podido ver películas fantásticas como Lilya 4-ever, Workingman's Death, Baran o la apabullante Cargo 200 de Aleksei Balanov. Sí, cierto, bajo la dirección de Carballo hemos visto grandes películas en la sección oficial, pero nos hemos ido para casa con una sensación de no pertenencia.

Así es. El festival ha perdido arraigo entre la población, y eso también está en el debe de la dirección. No funciona la comunicación. A pesar de que había grandes películas en ciclos paralelos (como la magistral In the Crosswind o la brutal Son of Saul, de la que habrá crítica en breves fechas), no se ha sabido vender. Una cosa es que haya buenas entradas en las sesiones y otra que se note que la ciudad está de festival. Es muy difícil combinar la irremediable egolatría de un director (todos la tienen) con esa empatía hacia el resto de la ciudad que también es imprescindible. Ya no existe la maravillosa Subida a Cimavilla en la que la afición se encontraba, bebía y charlaba en los bares de la zona de ocio gijonesa por antonomasia. Se han perdido las fiestas en los bares, se ha perdido la obligación de las cafeterías del entorno de las sedes a preparar remesas de pinchos entre sesión y sesión (porque la gente dobla, eso hay que tenerlo en cuenta, y de noche hay que engañar al hambre). No puede ser que no haya nada que echarse a la boca antes de la sesión de las 22.30. Este año, lo juro por mi vida, un señor sacó una tartera llena de escalopines al cabrales en medio de una película. Pero como no pasa nada...

Y luego están las películas. En fin.... una de las secciones oficiales más pobres de la historia. De lo que he visto, me quedo con la belleza estética de Taklub, del filipino Brillante Mendoza. Una película sobre las consecuencias de un tifón en una isla filipina, preciosista y contenida, pero un poco fría.



Por supuesto, Taklub no se llevó ni uno de los premios gordos del festival. 

Venía con fuerza Much Loved, la película marroquí prohibida en su país supuestamente por la imagen de la mujer que se ofrece (es la historia de un grupo de prostitutas de lujo). En realidad, en una sociedad como la marroquí, sospecho que se prohibió por la imagen que se ofrece de los hombres. Una película que llenó el Jovellanos, seguramente por el morbo que tiene todo lo prohibido. Empieza bien pero se va apagando como la luz de una vela... hasta convertirse en algo insulso. 


                                        


Eso sí, merecidísimo premio a la mejor actriz para Loubna Abidar. 

Y luego.... la nada. La rumana Aferim!, con una media hora final que es un suplicio. La hindú Masaan, propia de la sección infantil y juvenil. o La Calle de la Amargura, un Ripstein menor pero con el toque justo de sordidez en esta historia sobre dos viejas prostitutas que, hartas de vivir, se cargan a dos luchadores enanos. 


                                         

                                          https://www.youtube.com/watch?v=HyxbO-umfLk

Ripstein, ese alumno aventajado de Buñuel, se llevó el premio al mejor director, yo creo que por eliminación. Nadie lo esperaba. 


EL PALMARÉS

Pero, donde ya uno alucina en colores, es cuando lee el palmarés del festival. Mejor película: Right Now, Wrong Then del coreano Hong-Sang Soo. Créanme si les digo que es una de las películas más aburridas, pretenciosas y absurdas que se han programado en Gijón en los últimos 25 años. Pero, claro, como a Hong-Sang Soo el Festival le tributó un homenaje hace dos años, pues había que traerla y, además, aguantar que alguno diga que es una obra maestra (y no sólo Carballo, sino algún periódico). Si esto es una obra maestra, entonces Lawrence de Arabia, ¿qué es? ¿qué es Lawrence de Arabia? 
Miren. Para hacer películas como Rohmer hay que ser Rohmer. Right now... empieza como uno de los cuentos morales del director parisino, pero enseguida empieza a verse la trampa y aburre hasta a las ovejas. Vamos, que ponen unas ovejas a ver la película y balan. Un director de cine independiente, un snob, un ególatra, alcohólico y mujeriego, solo en una ciudad desconocida, intenta ligarse a una joven pintora. Vemos las erróneas artimañas del director. Todo sale mal. Entonces la película empieza otra vez. El 90 % de los planos son los mismos, pero con otro diálogo. El director (el de ficción) "pule" algunas de sus estrategias y casi casi casi lo consigue. Da igual que cuente el final que no. A la mitad, osea, al final de la primera parte, medio auditorio ya se había ido. Los que quedaban, bien dormitaban, bien dormían directamente. El vídeo que podrán ver a continuación está proyectado al revés (es el tráiler oficial, que conste). Quizás así hubiese sido más divertida.


                                         


Para más inri, el actor Jeong Jae-Yong recibió el premio al mejor actor. Hay que decir que las escenas en las que ambos protagonistas aparecen borrachos (que son la mayoría), los actores están borrachos de verdad (declarado públicamente por ellos). Con lo cual, le han dado un premio a un actor por hacer de borracho estando borracho. Fabuloso (al menos Nicholas Cage tenía gracia). 
La película más acorde al Festival de Gijón, la danesa Land of Mine, tuvo el honor de recibir el premio que otorga el público con sus votaciones. Obviamente, en el fallo del jurado, ni una mención. 


LAS SECCIONES PARALELAS

Como toda la crítica especializada subrayó a lo largo de todo el festival, lo mejor fueron las muestras paralelas (muy por delante de la sección oficial). En Gran Angular (películas premiadas en otros festivales, la selección tampoco era muy concienzuda) pudimos ver la monumental Son of Saul que, lo digo ya, se va a llevar el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Qué peliculón. Esto sí que es una obra maestra, Carballo. A pesar de lo que diga Carlos Boyero, que cada día sabe más de balonmano. También se vio la fantástica Ixcanul, del guatemalteco Jayro Bustamante, que conserva esa inocencia y pureza del cine iberoamericano (a parte Argentina y Méjico). 
En Docuficx, la mareante y pija The Emperor's New Clothes, el esperado documental de Michael Winterbottom. Una especie de Follonero a lo grande, dando las claves de la crisis pero de una manera aturullante y tan poco seria que parece que la crisis se desarrolla en el fuerte de los Playmobil. También Hitchcock / Truffaut. Bien. Algo pedante, pero bien. Por cierto, ¿Hay algún documental sobre algún genio del cine en el que no salga Peter Bogdanovich? 

COROLARIO

Leo en un diario local que el director del Festival cree que hay "una caza de brujas" contra el certamen. En realidad, quiere decir contra él, porque el Festival seguirá una vez se haya ido, si es que se va. Habría que recordarle que en la auténtica Caza de Brujas (me refiero a la de Hollywood, no a la de Salem) hubo una buena nómina de delatores, gente de la industria, amigos de los "cazados", que por un lado mostraban su cara más amable y por detrás le iban con el cuento a McCarthy. Ahora, si quiere decir que ningún político se dejó ver por las salas, tiene razón: ni de un lado ni de otro. Pero si realmente quiere decir que hay un boicot contra el certamen, éso es muy antiguo, hombre. 
Entiendo que alguien desde dentro haya insinuado que lo mejor es mover el Festival a Semana Santa. Claro, es la única forma de que Valladolid, Málaga y Sevilla, los festivales con los que compite Gijón, no se adelanten a la hora de escoger películas. A lo mejor, la solución es ver más películas y encontrar un hilo argumental para el Festival, no vaya a ser que Sevilla, que sólo lleva doce ediciones (41 menos que Gijón) nos adelante por la izquierda. 
En el haber, un acierto lo de la sección Convergencias, y el puntazo de traer a Víctor Erice a dar un máster sobre cine. No se ha enterado nadie porque el genial director no permitió la entrada a la prensa a sus sesiones, algo que no me parece ni bien ni mal. Ahora, también hay que decir que pagando, se consigue casi todo. Pero tener a Erice en Gijón es dinero bien invertido. 
Y, por último, una pregunta: si en Gijón se podía ver una película del Chad y Ocho y Medio en la misma edición, ¿por qué ahora no?




martes, 17 de noviembre de 2015

CRÍTICAS (XII): "EL CLAN", de Pablo Trapero

El Clan. Argentina, 2015. 108 minutos. Dirección: Pablo Trapero. Reparto: Guillermo Francella (Arquímedes Puccio), Peter Lanzani (Alejandro Puccio), Giselle Motta (Silvia Puccio), Antonia Bengoechea (Adriana Puccio), Gastón Cocchiarale (Maguila Puccio), Stefania Koessl (Mónica). Guión: Pablo Trapero. Música: Sebastián Escofet. Fotografía: Julián Apezteguia. Montaje: Alejandro Carrillo & Pablo Trapero. Color.




INTRODUCCIÓN

Una cosa, antes de nada. Para dirigir una película con canciones hay que ser Scorsese. Para conseguir que esas canciones sean un recurso más de guión y de montaje hay que tener buen gusto musical. Y ser Scorsese. Bueno, Tarantino también lo intentó con más o menos acierto. George Lucas, en American Graffiti tampoco lo hizo mal. Pero, vamos, que hay que ser Scorsese. Y para conseguir que el espectador llegue a identificarse con una panda de hijos de puta hay que ser Scorsese. Si a usted le caen bien los protagonistas de Uno de los Nuestros, entenderá la maestría del director neoyorquino. El problema aquí es que hay pocos directores que quieran ser ellos mismos. Casi todos quieren ser alguien más. Tener un estilo propio es muy difícil. Se logra teniendo talento y viendo mucho cine. Trapero o quien haya sido el que haya decidido poner canciones al tun tun, de diferentes estilos y épocas, que no aportan nada a la narración y que muchas veces solapan las voces de los actores, esa persona se ha cargado El Clan. Así de sencillo.

LA HISTORIA

¿Cuál es el problema de El Clan? Que está hiperproducida. Hay un exceso de producción que daña la narración. En la nómina de productores están los hermanos Almodóvar, Leticia Cristi, Ester García, Gabriel Arias-Salgado, Axel Kuszchevatsky, Matías Mosteirín, Hugo Sigman, Pola Zito y el propio Pablo Trapero. Demasiada gente metiendo la mano. Demasiada gente decidiendo. Demasiada gente interviniendo en la película. Y eso se nota. Aunque el propio Trapero sea el director, el guionista y el co-editor, siempre hay que pagar un peaje si quieres que te produzca Almodóvar. Hombre, que te produzca Almodóvar mola, ¿a qué sí Trapero? Mira cómo le fue a Relatos Salvajes. Una gran película, pero que se hubiese quedado en un éxito latinoamericano si no hubiese sido por la mano del director manchego que, como productor, consiguió que la nominasen al Óscar. A El Clan le puede pasar lo mismo. La Academia Argentina ya la ha seleccionado para que la represente en Hollywood. Trapero, haciendo de Fausto.
Y miren que tenía oro en sus manos el director argentino. La película narra las fechorías de la familia Puccio, encabezada por el patriarca, Arquímedes, que era este señor (el del medio):


Arquímedes Puccio, junto a sus hijos, en especial Alejandro, que era este otro señor:


estaba a sueldo de la dictadura de Galtieri para secuestrar y asesinar a "antipatriotas". Claro, a "antipatriotas" con pasta. De algo había que vivir. Así que entre 1982 y 1985 secuestraron a tres empresarios (en realidad a sus hijos, para hacer más daño. Uno de ellos amigo íntimo de Alejandro, el primogénito de la familia). Con la colaboración de dos sicarios más, los hombres de la familia (uno de ellos había huido de la atrocidades de sus familiares, pero regresa atraído por el olor de la sangre y el dinero) secuestraban en plena calle y a plena luz del día, llevaban al infortunado a su casa, lo ataban de pies y manos y lo metían en la bañera de un cuarto de baño auxiliar. Allí lo tenían mientras negociaban con la familia, le hacían mil perrerías y habitualmente terminaban con un tiro en la cabeza en una fosa bien camuflada. Se llevaban la pasta del rescate, eso sí.
Mientras no torturaban al desdichado de turno, la familia Puccio veía la tele, cenaba arroz con pollo, iban a partidos de rugby, y el padre, Arquímedes, le ayudaba a hacer los deberes a su hija pequeña.
Arquímedes Puccio era abogado, contable y regentaba un bar y una tienda de deportes náuticos en la calle en la que residía la familia, en el barrio de San Isidro de Buenos Aires. Pero, en sus horas libres, pertenecía al sanguinario Batallón de Inteligencia 601. Civiles que le hacían el trabajo más sucio a la dictadura. Su hijo, Alejandro, su principal colaborador, era el talonador (hooker, como dicen en Argentina) de la selección juvenil de rugby. Tantos favores debidos... algunos recibidos.

La caída en desgracia de Galtieri tras el ridículo mundial de la Guerra de las Malvinas, y su posterior encarcelamiento, abrieron el camino a la llegada al poder del socialista Raúl Alfonsín. Ahí comenzó el final de una de las prácticas más aberrantes de la historia de Argentina.

LA PELÍCULA

La película se desarrolla durante tres años, precisamente los que marcan el final de la dictadura de los milicos. El comienzo es esperanzador: planos secuencia en los que aún no sabemos quién es quién. Y un flash-forward (la acción de adelantar lo que pasará minutos más tarde) que, a la postre, se demuestra un auténtico error de bulto.
Trapero, que se dio a conocer con Mundo Grúa en 2002, es uno de los directores más aclamados en Argentina. Hombre comprometido, suele centrarse en las desigualdades sociales y en los intrincados y sucios submundos del poder. Particularmente, sólo he visto Mundo Grúa, y en ella Trapero peca de los mismos errores que en El Clan. El inicio te deja pegado a la butaca pero paulatinamente el director comienza a sucumbir al efectismo técnico y los personajes pasan a un segundo plano. Sencillamente, dejan de interesar y empiezas a desear que la película termine.
En El Clan, Trapero comienza a mover la cámara de un lado a otro, sin rigor. A acercar y alejar el objetivo. A no fijarse en el detalle. ¿Qué provoca éso? Que el ritmo se diluya, que sea espasmódico, que sea confuso y que la historia, que es lo importante, pierda vigor. Y si ya unimos la equivocadísima selección musical, todo ello provoca que les dé un consejo: llevénse un ibuprofeno.
Yo no sé qué procesos vitales puede haber sufrido Trapero a lo largo del rodaje de la película, pero debería cuidar ese descontrol creciente que estropea sus trabajos. Hay que narrar, no mover la cámara como si fuese mi abuelo después de ver por primera vez una cámara de VHS.
En cuanto a los actores... miren que estaba tremendo Guillermo Francella en El Secreto de sus Ojos, la obra maestra de Campanella, en la que hacía de ayudante borrachín de Ricardo Darín. En El Clan alguien le dijo que tenía que actuar como Anthony Hopkins en El Silencio de los Corderos. Que pusiera cara de psicópata. Y de tanta contención, a veces parece el Peter Sellers de Mr. Chance.


https://www.youtube.com/watch?v=n7kpI79cPBk

Francella es toda la película. Una película en la que no debería haber medias tintas: o el director consigue que nos den asco o consigue que tengamos cierta simpatía. Pero que nos den igual, eso es un pecado. Lo llamativo es que Trapero consiguió el León de Plata al mejor director en el último Venecia. En fin. Por algo lo llaman "fallo del jurado".

COROLARIO

El Clan nos habla de la monstruosidad que todos llevamos dentro. Precisamente por eso somos humanos. También nos demuestra que para dormir bien cuando un dictador gobierna tu país hay que ser bien un hijo de perra, bien un imbécil. No digamos ya para prosperar. Para prosperar... quizá las dos cosas.
Dicho lo cual, me voy a revisitar Uno de los Nuestros. 

miércoles, 4 de noviembre de 2015

CRÍTICAS (XI): "TRUMAN", de Cesc Gay

Truman. España-Argentina. 2015. 108 minutos. Dirección: Cesc Gay. Reparto: Ricardo Darín (Julián); Javier Cámara (Tomás), Dolores Fonzi (Paula), y la colaboración especial de Francesc Orella, Alex Brendemühl, Eduard Fernández, Silvia Abascal, José Luis Gómez y Javier Gutiérrez. Guión: Cesc Gay & Tomás Aragay. Música: Nico Cota & Toti Soler. Fotografía: Andreu Rebés. Montaje: Pablo Barbieri. Dirección Artística: Jorient Sont. Vestuario: Anna Güell. Color.




INTRODUCCIÓN

Uno de los retrocesos que nos comienza a dejar este descorazonador siglo XXI es la pérdida de la charla. Del metabolismo cutáneo de la charla. De la intensidad de la mirada del interlocutor. De sus gestos. De sus silencios. De la piel del que está delante. Truman, que es en sí una película en reverso, también es una película muy charlada antes de comenzar el rodaje. Cesc Gay es el perfeccionamiento de aquellos directores de la Nueva Ola española. Es la versión 2.0 de Trueba, Colomo, o el primer Almodóvar. La verborrea de aquellos personajes, su espontaneidad, fruto de una intimidad previa con el director y el resto del elenco, se convierte con Gay en conversación, en sentido estricto. No voy a decir que, como en Casablanca, Truman se fuese escribiendo y reescribiendo sobre la marcha, pero de lo que estoy seguro es de que la película no es la plasmación en imágenes de un guión escrito. Más bien, parece que lo que vemos es el resultado de horas y horas de charla y copas, de complicidad y de aportaciones multilaterales, sobre todo de los dos actores principales. Eso traspasa la pantalla y eso explica también la desbordante química entre Darín y Cámara, sin duda el engranaje de la fantástica película de Cesc Gay.

LA SOLEDAD

Es difícil condensar en una única idea el abanico de sensaciones y temáticas que contiene Truman. Me quedo, no obstante, con la idea de soledad y abandono, dos de las tres patas de cualquier texto poético que se precie. La tercera es el paso del tiempo, algo que también supura esta película. En un alarde de guión, dos o tres pinceladas, dos o tres miradas, dos o tres gestos, nos cuentan toda la vida de los dos personajes. Uno, Tomás (Cámara) el que lleva el nombre del apóstol escéptico, quiere volver a creer. Vive en Canadá y en cierta medida ha muerto ya. Lejos de casa, con la vida solucionada, se ha perdido en la jungla de las relaciones sintéticas, de los circuitos y la virtualidad. El otro, Julián (Darín) tiene cáncer de pulmón y se muere. Ambos compartieron piso en su juventud. Cuando Tomás lo abandonó, Julián era un actor popular, rodeado de gente, fiestero, gorrón, egocéntrico, mujeriego, alcohólico, golfo, vividor, bohemio. Cuando pasados los años Tomás vuelve a Madrid para despedirse de él, Julián sigue siendo todas esas cosas pero ahora está solo. Terriblemente solo. Sus amigos le han abandonado. A la mayoría le puso los cuernos. Se ha divorciado. Su hijo vive en Amsterdam y poco sabe de él. El dueño del teatro en el que trabaja le echa cuando sabe de su enfermedad. Su única compañía es Truman, un perro grande y moroso en sus movimientos, reflejo de la vida de su dueño, y Paula, una prima que dejó Buenos Aires para acompañarle, de mala manera, en sus últimos meses.
Tomás no quiere visitarle. Vive confortable en Montreal. Pero Paula, con la que es evidente que tuvo una relación en su juventud, le convence. Julián no sólo está abandonado. Se muere y está arruinado. Comienza así una película de paradojas: la muerte es la vida. La despedida es el descubrimiento. Cuatro días son toda la vida.


  

MIRADAS

Tomás llega a Madrid queriendo ser Julián. Forrado de dinero para pagarle todos los vicios. Vamos, que sean cuatro días a troche y moche. Pero, claro, Julián se muere. Si quieren ver a un actor en vena, observen las miradas de Javier Cámara. ¿Cómo mirarían ustedes a un amigo que saben que no llegará a la siguiente estación? Pues así, como mira Cámara. Con cierta aprehensión, porque los amigos moribundos son otras personas, son desconocidos, despiden otro olor, hablan de otra manera y esperan. Sobre todo esperan. Pero Julián no quiere esperar más. Quiere dejar el tratamiento y morirse ya. Ha llegado a ese punto que es la verdadera muerte: cuando nada de lo que te rodea es bello. Cuando todo es hostil. Cuando sabes que será la última vez que estés en el café en el que acabas de desayunar. 
Es un acierto el de Gay el desadramatizar la muerte, porque sólo así se muestra de la manera más brutal, con esa sensación plena de desintegración, de desaparición total del planeta tierra. Tus amigos ya no podrán verte, ni tocarte, ni acordarse de tu familia. No estarás, y punto. Te recordarán, pero poco a poco los recuerdos serán más tenues. Ese es el drama del ser humano. Saber que ya no verán tus ojos más primaveras. 
Las miradas de Tomás cambian desde esa aprehensión hasta cierta lástima, luego cierta empatía para llegar, al fin, a esa mirada única: la que tienen los que gozan del sentimiento por antonomasia: la amistad. Nada está por encima de la amistad, pero de la amistad verdadera. La que siente Tomás, la de la posesión, la de los celos (de todo, incluso de Truman), la de crear un mundo nuevo para tu amigo. La de, a la postre, convertirte en tu amigo. Existe una simbiosis final entre ambos personajes. Tomás hereda la valentía de Julián, la despreocupación, el arrojo, la dura coraza de los que nada tienen que perder. Julián, por su parte, interioriza esa infantilidad de Tomás, ese sentido pulcro de la vida. En realidad, la muerte es doble. En realidad, la vida es doble. 




NO HAGAS ESPERAR A LA MUERTE

Julián quiere morirse ya. Tomás y Paula quieren hacerle cambiar de opinión. Pero qué utilidad tiene. Julián ya ha muerto. Como en el teatro, comienza a quitarse capas de maquillaje hasta que lo que queda es sólo su piel. Ese es el momento de morir. Sin embargo, al querer morir, revive. Siente a su amigo más cerca que nunca. Restañan heridas. Tiene ansias de ver a su hijo (qué mirada y qué prestancia tiene Oriol Pla, actor que encarna al hijo de Julián. Un actor joven a tener muuuy en cuenta). Cierra todos los círculos que tenía abiertos. Pide todos los perdones que no había pedido. Besa los rostros que no había besado. Abraza los cuerpos que no había abrazado. Ya todo se ha cumplido. Y se ha cumplido como sólo Ricardo Darín podría hacer que se cumpliese. Digámoslo ya, sin tapujos: Darín es el mejor actor del planeta tierra en la actualidad. En su debe, tantos años en España le han minado un tanto ese mascullamiento del argentino, ese masticamiento golfo y sensible al tiempo. Pero, cómo no rendirse ante esa interpretación total, que va desde la mirada, el gesto, la voz, el posicionamiento del cuerpo. El apocamiento de una osamenta que pide tumba y que Darín lleva al extremo de parecer incluso enjuto y demacrado.
Ambos se lanzan a una especie de road movie en la que van cerrando etapas. En la que ambos mueren y también ambos comienzan a vivir de otra manera.
Truman es un alarde interpretativo fascinante. Gay consigue que no sea sensiblona (aunque a mí me hubiese gustado algo más de sensiblería, de sentimiento punzante, de romper a llorar. Pienso lo que hubiese sido esta película con dos actrices en vez de dos actores). Pero donde realmente se ve que ahí hay un director es en el final. Obviamente, no lo voy a contar, pero era muy difícil acabar esta película. Gay lo consigue con una secuencia que, no sé por qué, quizá por algo del subconsciente, a mí me recordó a Chaplin. No sé por qué. Sin embargo, Truman no sería lo mismo sin el asombroso montaje del argentino Pablo Barbieri, editor de películas como Relatos Salvajes o Un Cuento Chino. Un trabajo milimétrico y elegante como una cinta de seda desenrollándose en el aire. Un gozo que repercute en el calmo fluir de la película. 
Al final, la mirada de Cámara es de resignación y, por qué no decirlo, de cierto olvido. Había muerto y ha resucitado. Se había ido a despedir a un amigo y lo ha descubierto del todo. Es hora de vivir.

COROLARIO

Gay nos filma a nosotros. Nosotros, todos, pasaremos por lo que pasan Julián y Tomás. Eso, en el mejor de los casos. Pasaremos por ello de manera ineludible. Vale más irle abriendo el camino al dolor. De paso: gracias, Cesc Gay, por habernos encarnado en dos actores en estado de gracia.